sábado, 25 de octubre de 2014

Niebla de luna por Emiliano Pérez


Era el mejor regalo que la joven Andrea pudiera recibir. Cumplía 14 años, ya no era una niña y desde hacía tiempo no le agradaba que la vieran como una. Trataba de emparentarse en charlas avanzadas para su edad. Lo que más le gustaba era la ciencia y en especial la astronomía. Cuando era una niña y se quedaba sola en casa, o cuando estaba triste y tenía algún problema que rechazaba contar a alguien más, salía sin ser detectada al patio, donde la luz pura de su cuerpo celeste favorito la cobijaba. Charlaba con la luna para obtener un calor y un apoyo que nadie más le podía ofrecer. Ese amor fue un detonante para que las ansias de conocer y aprender se fundamentaran y maduraran.
Ahora sostenía fuertemente, mientras se ahorraba las ganas de gritar de emoción, una caja alargada a la cual no le quedaba ni un retazo de envoltura para regalo. Sabía lo que contenía: un telescopio. No sólo miraría a su amada luna, su amiga y protectora, sino a cada uno de aquellos misteriosos cuerpos llenos de enigmas, misterios que trataban de ser revelados en revistas científicas o en internet, aunque ella sabía que no se terminaban ahí. Siempre conseguía ser sorprendida por los hallazgos de los astrónomos. Ahora era su turno, turno de desvelar lo que la luna y el cielo no querían contar de buen grado a los humanos.
Estaba resuelto, esa noche no pegaría pestaña. Su pequeña fiesta había terminado. La pasó muy bien en compañía de sus padres, algunos tíos y primos que, como no tenía hermanos, se habían convertido en lo más cercano a uno. El pastel se había terminado dejándoles un rico sabor en la boca, el resto del asado fue guardado en el congelador para, posteriormente, ser desayuno. Sus progenitores ya estaban profundamente dormidos, descansando para recibir el nuevo día con lozanía. Pero ella no dormiría, no esa noche. El cielo era perfecto. De un oscuro profundo, un negro que podría inspirar a cualquier hombre de arte, abismo inquieto irrumpido por millones de estrellas latiendo al son de una silenciosa melodía que acompañaba a la pequeña. Pero nada se comparaba al más hermoso ser celeste, la perla de ese mar, la joya ansiada por dioses; la luna reposaba, enorme, rebosante, lista para ser conquistada. 
Siguiendo las instrucciones del manual, echó andar el aparato, su nuevo juguete, su nuevo compañero de aventuras, necesario para surcar el cielo tal como un marinero utiliza brújula y catalejo. Sabía que no era cosa fácil tomarse la tarea de vagar por un mundo que, aunque conocido moderadamente por ella, encerraba millones de misterios. Era como viajar en un mar fantástico mientras esperaba toparse en cualquier instante con alguna isla llena de tesoros. Por ello tomó precauciones; no se desviaría de su objetivo primordial, la luna. Ya tendría tiempo para explorar ese mundo con minuciosidad, ahora era su hambre por ver a su querida luna la que no la dejaba en paz.
Redescubría esa sensación, aquella que las personas sentimos cuando sabemos que algo muy bueno va a suceder y, mágicamente, los segundos se convierten en desesperantes horas. Los minutos que empleó en ajustar el telescopio fueron suficientes para lacerarla, mas ahora tenía su recompensa. La sensación de los reyes al conquistar pueblos era suya. La luna era suya. Tenía su ojo aventurero sobre los fríos y brillantes blancos del satélite.
Y las horas volaron. La somnolencia jamás llegó. Andrea, guiada por un mapa lunar que consiguió en internet ya que el que venía acompañando del telescopio le pareció insuficiente, recorrió cada rincón del satélite. Allí estaba Aristoteles, Tycho, Eudoxus, Kepler… Encontró cada parte fundamental, cada mar, cada cráter y tardó en descifrar las formas a las que, de niña, les colocó un nombre infantil: Cara de Payaso, Animal con Cola, Ojo de Pez.
Estaba eufórica a las cuatro de la madrugada. A esa hora decidió comenzar a realizar anotaciones como toda una científica, sobre una tableta con hojas de papel. Anotaba desde lo más básico, como cuáles formas pudo identificar, hasta lo más minucioso, como describir cosas que nunca había visto. El mismo brillo lunar era la única luz que le permitía ver. Su habitación tenía dos enormes ventanas que estaban abiertas de par en par, como invitando a la gigantesca luna a ingresar.
Se sentó en su cómoda cama, recargó la tablilla en sus piernas y siguió anotando. El ruido del bolígrafo irrumpía cruelmente con el silencio de la habitación. Otro sonido, de repente, desarmonizó la quietud: su reloj de pulsera emitió un pitido indicando que eran las cinco de la madrugada. A ella poco le interesó, sólo dejó a sus manos descansar un momento. Mientras lo hacía, sus bellos ojos claros se posaron sobre la luna la cual pronto se despediría, pero no en ese momento: seguía inusualmente igual de hermosa, como si no pretendiera menguar. Al verla así, como pocas veces, recordó una tonada que ingenió de niña, una dedicada a la luna como recompensa a esa ayuda que le proporcionaba día a día. La entonó en voz baja para evitar despertar a sus padres. Se le antojaba infantil la canción, aunque en ese momento venía como anillo al dedo. Permaneció de aquella cómoda manera un rato, luego trató de regresar a sus hojas. Algo la detuvo antes de que la punta del bolígrafo tocara la superficie nuevamente: un rostro. Un rostro humano en la parte superior de su ventana. Andrea, de la impresión, saltó de la cama, espantada y con el corazón acelerado. Le dio miedo retomar esa dirección con la mirada. Al armarse de valor, un par de segundos más tarde, ya no se encontró con el producto de su repentino frenesí de miedo. Había visto un rostro, estaba segura. De reojo revisó hasta el último centímetro de su habitación, temiendo encontrarse con ese blanco rostro nuevamente. Nada. Cayó en la cuenta de que aquello no había sido nada más que su imaginación, o producto de algún efecto óptico generado por la misma luz lunar al estrellarse en la superficie del vidrio. Quizá era el cansancio, el cual la tomó por sorpresa con un duro golpe.
Agotada al extremo, dejó caer pesadamente su cuerpo sobre la cama y, mientras se despedía de la luna con una sonrisa, entrecerró los ojos. Los últimos destellos de plata la llevaron de la mano hasta la profundidad de su sueño, en donde permaneció hasta que su escandalosa alarma sonó, inesperada.
Cansada aún, abrió pobremente un ojo. Una luz blanca y cegadora le caló al instante obligándole apretar ambos parpados fuertemente para despabilarse del destello. Al recapacitar por unos adormilados segundos, se dio cuenta que esa luz, blanca y pura, no podía pertenecer a nadie más. Era la luna. Abrió los ojos, ahora confundida. Y más se perturbó cuando descubrió un manto a su alrededor, alrededor de todo. Una niebla, como las que apreciaba arremolinarse en las madrugadas frescas por las calles de la ciudad, se extendía imprudente dentro de su habitación, era extraña y no estaba fría ni húmeda.
Andrea, con la idea de que todavía se encontraba bajo las influencias del sueño, buscó la manera de desprenderse de su cómoda cama, sin éxito. Algo la mantenía estática, como un efecto magnético que no le permitía hacer algo por más que estirara los miembros y prestara resistencia. Un miedo frío le recorrió todo su pequeño cuerpo y le erizó hasta el último de sus cabellos castaños. Era como una película de terror. Esperaba pronto ver a un hombre enmascarado con alguna arma terrorífica.
Su miedo embotó sus cinco sentidos. Cerró los ojos con desesperación, quería regresar a un sueño profundo, si es que no estaba dentro de uno en ese momento, o mejor dicho de una pesadilla. La cegadora llama de la luna fue irrumpida antes de que la joven se reencontrara con la tranquilidad que anhelaba. Abrió los ojos y vio, entre la niebla, a un niño.
El niño en sí parecía ser la luna. Era tan blanco como el satélite, no tenía cabello en ninguna parte del ovalado rostro y sus enormes ojos lechosos, más grandes que los de cualquier persona, permanecían interrumpibles. Utilizaba unos harapos que, igual a su piel, poseían una tranquila luminosidad lunar. Estaba sentado bajo la ventana y no le quitaba los ojos de encima a la joven. La presencia causó mucho más temor en Andrea. Al verlo, recordó el rostro que se formó en la parte superior de su ventana, era el mismo. Ella trató, inútilmente, de alejarse. Aunque en general el niño blanco parecía inofensivo, algo la alarmaba y le advertía de un peligro potencial. La niebla recorría al pequeño, pero no lo tocaba, como si le tuviera miedo. Fuera, tras la ventana, la noche seguía oscura, ahora sin rastros de la luna o las estrellas. Lo único que irrumpía la oscuridad era ese ser.
En un peligroso parpadeo, el pequeño desapareció, difuminándose entre el manto blanco; el alivio duró menos de un segundo para Andrea, él apareció sobre su estómago, aunque ella no podía sentir su peso apachurrándola. Lo tenía cara a cara. La neblina le cubría el ovalado rostro de vez en vez y esos momentos eran aún peores, de primitiva incertidumbre. Era horrible la sensación que le apretujaba el cuerpo, no debido tanto a ese misterioso efecto que la privaba del movimiento, era el temor, el más prístino horror. No cabía duda, ese no era un niño ordinario. Sus ojos lechosos no parpadeaban, sólo la miraban fijamente, penetrándole el alma. Él abrió la boca, Andrea pudo ver una serie de pequeños dientes afilados y mellados, aunque lo más aterrador eran un par de largos colmillos como los de una serpiente. El niño comenzó a cantar con una voz que simplemente no debería pertenecerle: no era infantil y era la más hermosa que Andrea jamás hubiera escuchado. La letra de la canción la orilló a la inconciencia; era exactamente la misma que ella compuso de niña y que dedicó por un buen tiempo a la luna. ¿Cómo la sabía el niño a la perfección?
La pequeña mano huesuda se acercó al largo fleco de la joven con un movimiento parsimonioso y comenzó a acariciar su cabello mientras seguía cantando. Ella lo quería patear, apartarlo, gritarle, correr… todo era imposible. Al terminar con la entonación, acercó sus labios grisáceos a la frente de Andrea. La joven cerró los ojos para no ver esa fea cara.
Cuando los abrió, se podía mover. Permanecía, no en su cama, no en su habitación y dudaba que en la Tierra, sino en un lugar completamente blanco, poblado por esa neblina cálida y nada más. Un nuevo temor la embargó conforme se adaptó a la idea de que algo irregular estaba sucediendo. Ya no tenía enfrente al niño blanco, sin embargo parecía estar dentro de una habitación sin salida. Se levantó y, sin comprender aún qué sucedía, corrió velozmente acompañada por un miedo que, paulatinamente, se aproximaba a la histeria.
Corrió cuanto aguantó y, al descubrir que no llegaba a algún sitio racional, se detuvo. Oteó en todas direcciones, la neblina juguetona y caprichosa no la dejaba ver mucho. Todo era blanco. Todo era desconocido.
—¿Dónde estoy? —con una marcada perturbación, preguntó a quien respondiera.
Para su sorpresa le respondieron. La voz de plata, perteneciente al niño delgaducho y blanco, se escuchó desde algún punto desconocido de ese lugar. Andrea se quedó sin aliento, atenta a lo que el ser decía:
Después de mucho tiempo, de todo lo que pasé, te he encontrado. Estás en mis pensamientos. 
La joven se quedó petrificada un momento mientras recapacitaba, luego estaba lista para decir algo, reclamar con el poco coraje que logró reunir debido a la desesperación, cuando todo a su alrededor fue cambiando poco a poco. De la nada se materializaron rocas, rocas blancas y enormes, llenas de poros. El cielo se formó; no era azul, su color se asemejaba al de una madrugada cubierta completamente de nubes. No había sol, ni era necesario: todo radiaba luz, una luz blanquecina como la del niño. No había árboles, ni plantas. La neblina, la misma que ingresó a su habitación, reinaba a través de los suelos, desfilaba grácil y se perdía de vista más densa que nunca.
Una figura la sacó de su ensimismamiento. Era la silueta de una mujer pequeña, de un aspecto similar al niño blanco, sin cabello, con ojos grandes y bellos, con una piel fantasmagórica que manaba esa maravillosa luz. Caminaba dando grandes pero meticulosos pasos, tenía prisa, alguien iba tras ella. Andrea, sin comprender qué sucedía, retrocedió un par de pasos, buscando algún refugio, esperando con el acto que esos extraños seres no la vieran. Pronto vio al niño blanco, iba tras la chica, y a su vez revisaba, asustado, todas direcciones. Sostenía un instrumento de origen metálico, era como una flauta musical. Los dos seres corrían y se escondían entre la neblina. Andrea, al darse cuenta que ninguno de los dos la podía ver, fue conquistada por la curiosidad y ahora, sin tanto miedo, los siguió a buen paso.
El terreno inestable no era un obstáculo, ella caminaba como si atravesara las rocas ocultas tras la densa neblina. Nunca perdió de vista a los dos seres. Un momento más tarde, cuando curiosamente la neblina se disipaba, ambos pararon. El ser masculino se llevó el instrumento a la boca y un lindo sonido, la mejor música que ella jamás hubiera escuchado, cubrió homogéneamente el lugar. No sólo eso, de la flauta comenzó a manar más de la neblina; ésta se expandió a la velocidad de la música, cubriendo el espacio que quedaba libre. Al terminar, ambos siguieron huyendo. El encanto de la música impidió que Andrea reaccionara pronto. Cuando dio un paso en pos de los dos seres blancos, descubrió a un trio de seres diferentes tras ella. Creyó que la habían visto, sin embargo pasaron por delante sin detenerse. Eran rojos, de cabellos largos y un cuerpo mucho más grande pero de igual forma muy similar al humano. Sin duda, perseguían a la pareja de pequeños seres blancos.
Un torbellino no la dejó avanzar. Cerró los ojos para que el viento no le hiciera daño. Al abrirlos se encontró en otro lugar. Ahora el pequeño ser peleaba en contra de los tres monstruos rojos. Su cuerpo delgaducho era una burla comparada con los musculosos troncos de los otros. Uno de ellos lo sujetó del cuello y lo arrojó sin piedad a un abismo que no quedaba muy lejos, en una de tantas grietas sobre el suelo. Cuando desapareció, otro tomó a la chica y la flauta para regresar sobre sus pasos. La muchacha, horrorizada, corrió hasta el risco para buscar alguna señal del ser blanco. Se le hizo curioso, de repente, el cómo le había tenido miedo y ahora estaba preocupada por esa vida. Cuando iba a asomar su rostro por la grieta, de nuevo las cosas cambiaron. Todo regresó a ser blanco y sin rocas, ni cielo. Sólo una pequeña figura, sobre sus cuatro extremidades, como si fuera un animal, la miraba con esos ojos grises en los cuales ahora ella advirtió una profunda tristeza.
Hace mucho tiempo, comenzó a relatar el ser sin la necesidad de abrir su boca. Su preciosa voz se escuchaba por cada rincón del mundo, precedida por un eco fantasmal, antes de la aparición de tu raza, vivíamos sobre la Madre Tierra dos especies, los Hijos de la Luna y los Hijos del Sol. Siempre estábamos en guerra a pesar de que, irónicamente, la Madre Tierra creó a los dioses Sol y Luna para que sea amaran. Los dos nunca lo consiguieron, al contrario, un terrible odio creció en mi madre Luna y en el Sol. Yo era el más joven de los Hijos de la Luna, no era un guerrero, me dedicaba a cantar para entretener a mis hermanos y crear neblina para ahuyentar a los guerreros del Sol. Un día conocí a una persona, a una Hija del Sol, la más joven de todos, creada para cantar y entretener a sus hermanos. Los dos sentimos lo que la Madre Tierra hubiera querido que sintieran el dios Sol y la diosa Luna. A pesar de ser distintos, yo luché para que mi madre la cambiara y lo hizo. La convirtió en una Hija de la Luna, sin embargo esto molestó como nunca al Sol, y la ardua batalla se intensificó a tal punto que la Madre Tierra necesitó contener el poder de sus dos hijos, para ello los convirtió en dos cuerpos celestes, fuera de ella, atrapados por el Espacio donde su poder se anulaba. La Madre Luna nos llevó a todos con ella, y el Sol no lo pudo conseguir; sus hijos vagaron por la Tierra desde el inicio de la creación, muchos de ellos, enojados con la Tierra por crear a los humanos, han dedicado su vida inmortal a causar el mal en ustedes, de formas que los humanos no identifican. Otros ayudaron a la humanidad y fueron venerados como dioses y salvadores. Algunos pocos fueron menguando hasta perder su esencia, o la mayoría de ella, lo poco que les sobró lo depositaron en un receptáculo humano.
Debido a su ensimismamiento en la historia, el ser la sorprendió cuando, a una velocidad que ella no apreció, se movió de su sitio hasta tenerla enfrente, cara a cara de nueva cuenta. Asustada, mantuvo su distancia.
A mi amada se la llevaron sus antiguos hermanos y la convirtieron en una Hija del Sol nuevamente. No sólo eso, la hicieron sufrir horriblemente. Jamás se recuperó y su esencia menguó hasta perderse. La he estado buscando por mucho y ahora, al fin, la he encontrado.
El ser avanzó pausadamente en cuatro patas hasta ella, como un animal cualquiera, y en sus ojos ahora se advertía un sentimiento diferente, el del deseo y anhelo. Andrea, con un renaciente miedo, siguió dando pasos largos hacia atrás, buscando zafarse de esa mirada penetrante y de lo que fuera que quisiera ese hombrecillo. Si entendió bien la historia, el ser creía que ella era su antiguo amor o que poseía parte de ella. Simplemente se había equivocado aunque discutir con él no le daría un resultado, lo sabía de antemano. Estaba atrapada entre la espada y la pared.
Valientemente, en lugar de seguir yendo en contra de la corriente, se detuvo para justamente seguir su papel en ese juego, hacerle ver al hombrecillo lo que él deseaba ver. Tal vez de ese modo la dejaría en paz. El niño blanco detuvo su tortuoso andar y la siguió viendo directamente a los ojos. Entonces, ¿qué haría la enamorada de ese ser?, ¿abrazarlo?, ¿besarlo? ¿Cómo se demostraban amor ese tipo de personajes? No hizo nada, espero que él diera el siguiente paso.
Alargó su huesuda mano en dirección de la cara de la joven. Levantó el dedo índice y le tocó la frente. En ese instante la niña sintió un profundo dolor; no un dolor carnal, sino uno que jamás había sentido, el peor de todos. El ser le hacía daño… No, no era eso. Eran memorias. Memorias que se fueron aclarando en su mente hasta conseguir un significado. No eran sus recuerdos en realidad, le pertenecían a alguien más.
Vivió en segundos toda la historia de, justamente, la amada de ese extraño ser, la Hija del Sol que engañó a su padre para ser Hija de la Luna y luego vivir con un sujeto que se suponía debería ser su enemigo. Sintió, no sólo dolor, sino amor momentáneamente. Un tremendo amor a ese sujeto enfrente de ella, éste sentimiento duró unos segundos para luego dejar más dolor tras de él.
Andrea cayó de rodillas al suelo, no soportaba los sentimientos ajenos. Los recuerdos, como un torbellino confuso de imágenes que, de igual manera, eran extrañas, la marearon. Al recuperarse un poco, buscó al niño blanco. Lo tenía a un lado, la cabeza ahuevada del ser se acercaba a ella. De la boca sus prominentes colmillos se asomaban, la pretendía morder. La joven alcanzó a reaccionar y se arrojó hacia atrás, el ser no la alcanzó a morder. Enojado, se le arrojó, tumbándola contra el suelo y la mantuvo bajo su cuerpo. La niña gritó, ahora sí estaba asustada: su vida corría peligro de verdad. El niño le sujetaba sus brazos y piernas con una fuerza inimaginable para alguien tan pequeño y aparentemente debilucho. Estaba obstinado en morderla con esos colmillos de serpiente.
Ella luchaba, pero era inútil, momentáneamente se rindió. Sintió el aliento del ser en su cuello. De reojo vio esos largos colmillos los cuales buscaban encajarse en su débil carne. Cerró los ojos, esperando sentirlos, sentir el dolor y, lo suponía, morir. Cuando dejó de ver la escena, una luz brillante se apoderó del mundo externo, si bien ya había cerrado los ojos, lo sabía. Quería ver de dónde provenía esa hermosa luz que todo lo cubría; primero la misma luminosidad no la dejó ver nada, luego sus ojos se acostumbraron.
Estaba en una cama. Las paredes eran blancas. A su lado izquierdo había unos extraños monitores de luces verdes sobre una mesa. Estaba cubierta por una sábana y sobre su cara había una máscara plástica. Una persona se movió, una mujer que había abierto una ventana por la cual la enorme luna se asomaba. Andrea se quedó mirando esa luna y se preguntó si el resplandor le había pertenecido al satélite.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó la enfermera quién adoptó un rostro satisfecho al ver a la niña consiente.
—¿Yo? Bien, bien ¿Dónde estoy? —preguntó la confusa joven.
—En el hospital, has tenido una recaída. Espera, llamaré a tus padres.
La enfermera atravesó el biombo, gritó algo y regresó apresurada. Mientras tanto Andrea se trataba sentar. Le dolía el cuerpo y, al hacer esfuerzo con el cuello, sintió una extraña punzada. Con los dedos se analizó el cuello para descubrir un par de heridas pequeñas.
—¡Hija! —gritó su madre y corrió hasta su cama—. ¡Hija mía!
De verdad estaba preocupada, unas cuantas lágrimas recorrían sus mejillas desde sus ojos tan claros como los de Andrea. Su padre también mantenía un semblante alterado, como pocas veces se apreciaba en su duro rostro.
—¿Qué pasó, mamá?
—Estabas débil, no respondías. Estuviste desmayada todo el día… —balbuceaba ella.
—Pero sólo me siento cansada.
Era la verdad, a pesar de todo lo que vivió en lo que ahora quedó relegado a una pesadilla realista, sólo sentía como si hubiera hecho deporte todo el día, nada fuera de lo extraordinario.
Su madre la abrazó fuertemente, demostrándole amor y alivio. La mente de Andrea seguía analizando lo sucedido. Su principal interrogante era el mismo niño blanco y qué había pasado con él.
Por la ventana, la luna, su protectora, le brindaba esa comodidad que, sumada a los brazos de su madre y al escrutinio armonioso de su padre, la hacían estar segura. Estaba a salvo, aunque muy en el fondo algo la incomodaba. La luna se lo advertía con ese brillo fantasmagórico y hermoso.   


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