Castle Rock Asylum

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I Antología de Relatos de Terror Castle Rock Asylum

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sábado, 28 de marzo de 2020

El que repta por Rain Cross


Lo noto. Dentro de mí. Se arrastra, cobarde, para no ser visto. Envenena mi mente, devora mis sueños, tratando de hacerse por completo de todo mi ser. Intento en vano resistirme, no quiero dejar de existir. No puedo dejar que salga victorioso de esta guerra.

Eso que llevo dentro mastica mi alma y la escupe al suelo como si fuera un pedazo de carne putrefacta. Mientras yo, maltratada, me levanto una y otra vez ofreciendo resistencia con la poca cordura que aún me queda.

Pero hoy por fin eso consigue arrastrarme a los infiernos, triunfante, desde donde veré el mundo arder. El que repta ha ganado la batalla. La humanidad se convertirá en un amasijo de sangre y cenizas.





jueves, 31 de octubre de 2019

Ella, por Rain Cross


By Simpleinsomnia

Allí estaba ella. Podía escuchar sus golpes a través de la puerta. No recordaba cuánto tiempo llevaba en ese lugar. ¿Semanas? ¿Meses, quizá? Sólo veía los desperdicios de comida y bebida que había consumido esparcidos por todo el suelo. Al fondo, un cubo que usaba de inodoro improvisado. Se miró en un trozo de cristal: tenía una poblada barba y su cabello era una maraña oscura, mugrienta. Cogió una fotografía de un bolsillo; los recuerdos de días felices. En ella, podía verse una familia. Dos niños pequeños, mellizos. Una mujer rubia de cara afable y un hombre atractivo de rasgos suaves. No reconocía su propio rostro en aquel trozo de papel ajado. Intentó hacer un ejercicio de memoria. ¿Cuál era el nombre de sus hijos? Su mente trabajaba a mil por hora pero los incesantes ruidos no le dejaban pensar. Uno empezaba por R. El otro… no lo recordaba. Se centró en la mujer. Su mujer. A los pequeños los perdió hacía ya demasiado tiempo; a ella, en cuanto se encerró a cal y canto en aquél inhóspito lugar. 

Pero había vuelto. Le esperaba. Él lo sabía. Y quería venganza. Observó sus escasos víveres: ya casi no le quedaba comida, y lo que era peor, ya no tenía ganas de vivir. No sin su familia. No después de lo que hizo aquél día.

Los golpes seguían mientras su débil mente se iba a otro lugar. Al calor del hogar. Al amor de los abrazos de sus hijos. 

Observó la puerta; el obstáculo que le apartaba de su pecado mortal. Se acercó ella como un autómata. Suspiró, dejando que el aire raído inundara sus pulmones, y la abrió de par en par. Y allí estaba su mujer. O, al menos, lo que quedaba de la persona que había amado antes de abandonarla en el último segundo al amparo de aquellos seres.

—¿Por qué has tardado tanto, cariño?

Abrió los brazos, deseando sentir su cuerpo. El ghul se abalanzó sobre él, dándole un gran bocado en el cuello. Los dos cayeron al suelo: ella, saboreando su carne; él, sintiendo cómo la sangre fluía de la herida. Dejando que la muerte le reuniera de nuevo con su familia.

viernes, 30 de noviembre de 2018

Hambre, por Rain Cross



El dolor era insoportable. Sentada en un charco de sangre, con el cadáver destrozado de mi marido a un lado, las fuertes contracciones me advertían de que nuestro bebé estaba a punto de nacer. Un trozo de carne asomaba aún por mi boca. La carne del hombre al que tanto amaba. 

El ansia había empezado unos días atrás, acompañada de un penetrante pinchazo en el bajo vientre cada vez que sentía su olor; un instinto primario que no me dejaba pensar en nada más que en el placer de la carne humana. Al principio, no le di importancia: empezó a gustarme la carne poco hecha, el gato del vecino… Nuestro perro… Hasta que ya no pude resistirlo más. En cuanto cruzó la puerta me abalancé sobre él, cuchillo en mano, y fui desgarrándole la piel hasta dar con el hueso. Sus gritos no me detuvieron: mi hijo tenía hambre.

Pensé que con eso acabaría todo. Que él estaría saciado. Pero me equivocaba. Ahora mi pequeño salía de mi útero destrozándolo todo a su paso. Notaba como sus dedos arrancaban mis entrañas y las arrastraba hasta mi vagina. Puse mis manos entre las piernas para ayudarle a salir. La sangre caliente y el líquido amniótico se entremezclaban en el suelo; la dualidad entre la vida y la muerte.

Me tendí, deseando que todo terminara, chillando ante lo que acababa de ocurrir. Oí el llanto de mi hijo recién nacido y, exhausta, quise abrazarlo… Pero no pude hacerlo. El pequeño comenzó a deslizarse por mi cuerpo y, enseñando unos pequeños dientes afilados, vino hacia mi cuello en busca de un bocado más. La dentellada mortal.

domingo, 30 de octubre de 2016

Truco o trato, de Liss Evermore




—En esta casa no abren, vámonos a otro sitio.
—Espera, ¿has oído eso?
—Ya te he dicho que no hay nadie, ¡venga, larguémonos de aquí!
Entre la maleza del jardín se abrió una puerta secreta. Un muerto viviente salió de la tumba y comenzó a caminar hacia los niños, y con las manos extendidas ante sus cabezas les dijo: «No olvidéis vuestros caramelos, muchachos».

Para saber más:

viernes, 27 de noviembre de 2015

Reflejos, por Rain Cross


Créditos Google Imágenes


«¿Dónde está la jodida foto?» Annabeth la buscaba desesperada por todas partes. Se apartó un mechón de pelo castaño de la frente y lo añadió al rudimentario moño alto enmarañado.

—¡Joder, joder, joder! ¡Sé que estás por aquí! —dijo para si misma.

Llevaba tiempo encerrada sola en su piso desordenado. Estaba escribiendo una historia para el periódico donde trabajaba sobre una chica que había desaparecido y que fue encontrada muerta a los pocos días. Tenía medio reportaje ya redactado, sólo le faltaba añadir dónde y cómo la encontraron, y poner la dichosa foto.

Annabeth tenía sus enormes ojos verdes desorbitados. Hacía ya días que no comía ni dormía, y debía entregar el reportaje de la chica muerta antes de que James, su rival en el trabajo y un lameculos de primera, le quitara la exclusiva.

«Debe de estar por aquí, la dejé por aquí…». Rebuscó y rebuscó entre las hojas que tenía en la mesa del salón, por el suelo, en los cajones… por todos los lugares donde había algo de papel. Miró encima del teléfono, en la entrada de su casa, y vio la luz parpadeante del contestador. Tenía doce mensajes, y no recordaba haber oído los timbrazos estridentes del teléfono. El primer estaba fechado hacía ya varias semanas. Annabeth no se había dado cuenta de lo enfrascada que estaba con su reportaje hasta aquél momento.

Le dio al botón para escuchar algunos.

—Piiiip… Beth, soy Olivia, habíamos quedado a tomar un café y no has aparecido —«Lo olvidé por completo», pensó—. Llámame, que ya te vale.

—Piiiip… Cariño, soy mamá, recuerda que este domingo vienes a comer a casa, que no se te olvide como la última vez, besos. Adiós, adiós.

—Piiiip… Annabeth, soy Tom, no sabemos nada de ti desde hace días en la redacción. Sé que estás ocupada con el reportaje pero deberías pasarte; James lo está terminando y deberías venir y presentar lo que tengas o te robará la exclusiva, así que mañana te quiero aquí a las 7. Hasta mañana, entonces. Que no se te olvide.

—Piiiip…. —Annabeth estaba harta de escuchar mensajes y ese último, el de Tom, su jefe, la hizo reaccionar.

Miró el reloj, eran las 8 de la tarde y aún le daba tiempo de ir a hablar con él. Fue al baño a arreglarse un poco, no podía ir con esas pintas andrajosas. Se puso frente al espejo para arreglarse el pelo a toda prisa, cuando su reflejo le hizo gritar de terror.

Era ella, o al menos se parecía a ella, pero parecía estar viendo un cadáver. Tenía los ojos hundidos y con grandes ojeras alrededor, le faltaba mechones de pelo y la piel se le pegaba en los huesos.

—¿Pe-pero qué…? ¿Qué me ha pasado? —dijo aterrada.

Pasó las manos por el cabello, el cual se le quedaba pegado entre los dedos. Pero eso sólo ocurría en su reflejo. Miró su mano, no había rastro de pelo.
Contempló su imagen en el espejo, y éste le sonrió con compasión.

—Aún no te has dado cuenta, ¿verdad?

—Pero…yo… — Sus ojos se llenaron de lagrimas, no entendía nada.

Su doble demacrada desapareció y sólo se veía el baño, como si no hubiera nadie en la habitación.

Annabeth salió del cuarto asustada y confusa. Se dejó caer al lado del teléfono, en la mesita de la puerta de entrada. Allí había un periódico descolorido, lo cogió con las manos y miró la portada. «No puede ser…» Annabeth se llevó una mano a sus finos labios mientras leía la noticia.

«…Duelo en la redacción.

La periodista Annabeth Mathews fue encontrada muerta cerca de un descampado cercano a su domicilio después de estar dos semanas desaparecida….»

No pudo seguir. Se quedó sentada en el suelo, con el periódico a un lado y la mirada perdida, inmersa en sus pensamientos.

Cerca de la mesita del teléfono, vio la fotografía que tantos quebraderos de cabeza le había dado. La cogió, temblorosa entre los dedos, y su propio rostro le dedicó una sonrisa.

La noticia que tanto le había ofuscado, la que no le dejaba comer ni dormir, era la de su propia muerte.

viernes, 23 de octubre de 2015

La Historia de Ca, por Liss Evermore

Créditos Imagen: Google

Podría hablaros acerca de Ca durante horas, incluso más que sobre todas las cosas bonitas que conozcáis. Creedme, ella las superaría con diferencia. Aunque esta vez tan sólo vengo a relatar una historia, una historia que el mundo entero debería conocer.

Como os decía, Ca es muy especial, ¡y no penséis que lo digo por decir! Su sonrisa es tan grande, que al verla, el Sol se sonroja de vergüenza; su amabilidad, tan desbordante, que hasta los árboles le saludan; y tiene tanta energía que la propia muerte se asusta. Sin embargo hoy nuestra amiga está triste, es el peor día de su vida. La luna, que todo lo sabe, le ha anunciado un mal presagio. El rumor vuela incesante y un mar de lágrimas se extiende por mil lugares. Presa del miedo, la pequeña Ca se echa a temblar, levanta la mirada hacia el cielo y ya en sus últimas horas, empieza a contar las estrellas, una por una, hasta que se le van cerrando los ojos.

Pero la tragedia no sólo le ocurrió a ella, os aseguro que durante la noche de Halloween muchas son las calabazas que se duermen entristecidas, esperando lo peor.

Para saber más:
Liss Evermore en Facebbok

martes, 5 de mayo de 2015

Berserker por Hammer Pain




Una bestia en mi interior se retuerce
puedo sentir sus colmillos
se clavan con fuerza en mi alma
Puedo oír sus rugidos
martillean mi mente agitada

Siempre ha estado allí
oculta en el confín de mi ser
Entre sus fauces vine a este mundo
y como su jinete lo abandonaré
Es el guardián de la esencia guerrera
El ángel que guía mi indómita cólera

Clama por su libertad
ávida de sangrientas batallas 
Fuertes cadenas la oprimen
pero no la pueden contener
No conoce el miedo o la duda
destrozará el yugo que la oprime
y una vez que sea libre
a por presas se lanzará

Al fin el momento ha llegado
Su prisión ha abandonado
Noto su aliento infernal
Mis huesos se estremecen
al sentir su furia primordial
Cuando se apodere de mi cuerpo
ay de aquel que la ose enfrentar

Mis músculos se tensan con violencia
mis sienes van a estallar 
tengo la fuerza de un oso salvaje
mis dientes no paran de rechinar
echo espuma por la boca
la mandíbula se me desencaja
aullo como un lobo en la noche
El fuego brota en mis pupilas
todo se vuelve rojo y extraño
apenas puedo ver nada
ni árboles, nubes o ríos
sólo los rostros de mis enemigos
que me observan aterrados
Saben que la bestia ha llegado

Me despojo de mi armadura
no hay espada que me pueda dañar
Arrojo lejos mi escudo
no lo voy a necesitar
Sólo el hacha sigue en mis manos
dos dragones adornan su mango 
su filo está sediento de sangre
La muerte se los llevará a todos
en medio de una tormenta escarlata
en un caos de rabia insensata

Les miro muy fijamente
con la sonrisa de un animal
Invocando al poderoso Thor
cargo con temeridad
un trueno responde en el cielo
A todo aquel que me encuentro
aplasto sin ninguna piedad
Soy un heraldo de la muerte
Mi ira es un vendaval
No hay más camino que el de la guerra
donde se gana la gloria suprema
Botín de héroes victoriosos
que viven por siempre jamás

El triunfo será sólo mío
Y cuando con ellos acabe
la muerte me llevará
Pues no hay otro destino
para un berserker vikingo
Las runas contarán mis hazañas
Mi nombre se oirá en regios castillos
y en las tabernas entre campesinos
Más nadie llorará mi partida
Los míos beberán con alegría
al recordar mi gloriosa caída

Ya no queda ninguno vivo
la furia sagrada se apaga
mis sentidos perecen con lentitud
el corazón agoniza y se muere
mis días a su fin han llegado
Entre los muertos y los escudos quebrados
Odín se aproxima hacia mí
y cuando con su lanza me toque
mis fuerzas renacerán
Justo premio por el valor demostrado
Me alzaré ante hermosas doncellas
poderosas Valquirias guerreras
que con sus dorados atuendos
iluminan el último de los senderos

Se abrirán las puertas del Valhalla
para recibirme en todo su esplendor
Me uniré a mis antepasados 
valerosos guerreros de antaño
y el Ragnarok aguardaremos
Cuando se desgarren los cielos
y nos asolen tempestades de fuego
Cuando los pozos del infierno
vomiten demonios y muertos
Junto a los Dioses combatiremos
y alegres y orgullosos
el fin del mundo afrontaremos


Para saber más:


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viernes, 9 de enero de 2015

Su juego favorito por Rain Cross




Los policías la miraban extrañados, sin entender cómo había ocurrido aquél baño de sangre. Emily balanceaba el cuchillo con la mano, manchando de rojo carmesí la moqueta beig.
Sólo quería jugar, y es justo lo que había hecho. Cuando tenía cuatro años, quiso saber cuanto tardaría su hermano menor en morir. Puso una almohada sobre su pequeña cabeza y apretó, pero su padre entró justo a tiempo. Al año siguiente, clavó unas tijeras en el pecho de uno de sus compañeros, pero al no tener filo, solo provocó que el niño llorara y llamara la atención de la profesora.

—Me tiró de las coletas —dijo Emily con inocencia.

Sus padres le cambiaron de colegio, pero ella seguía teniendo ese oscuro impulso. Había pasado un año desde entonces, y esa noche, dos de sus nuevas amigas se quedaban a dormir a su casa. Emily hizo que Annie se escondiera mientras jugaba con Judy a los médicos. La tendió en el suelo y la abrió en canal, colocando sus vísceras en la alfombra rosa de su habitación.

Después, buscó a Annie y le sacó los ojos. Le gustaba su color azul, y quería tenerlos de decoración en la mesa de colorear.

Su madre entró y empezó a gritarle. Emily, enfadada, clavó el cuchillo en sus piernas. Cayó de rodillas, horrorizada, y la pequeña la degolló. No le gustaba ver a su madre triste, por lo que le dibujó con sangre una sonrisa en los labios.

Un hombre de uniforme se detuvo ante ella.

—¿Pero qué coño…? —dijo horrorizado mirando a la niña.

—Has dicho una palabrota —Emily sonrió llevándose  una mano ensangrentada a la boca.

—Hay que llevarla inmediatamente al Sanatorio Estatal de Hartford.

Emily no sabía qué significaba aquello, pero para ella, sería un lugar ideal donde practicar su juego favorito.

miércoles, 7 de enero de 2015

La Maldición del Maestre por Hammer Pain




París, 13 de marzo, Año del Señor de 1314,

La noche había caído sobre la catedral de Notre Damme y también lo había hecho sobre la Orden de los Pobres Caballeros de Cristo, más conocida como la Orden del Temple.
Atrás quedaban casi 2 siglos de intensas Cruzadas en Tierra Santa, acompañadas de numerosas batallas y gestas heroicas. No pocas también eran las leyendas y misterios que habían generado un aura de secretismo y temor alrededor de esta hermética orden. Pero por encima de todo, los Templarios habían crecido increíblemente en poder y riqueza a lo largo de los años que siguieron a la conquista de Tierra Santa durante la Primera Cruzada.
Tan acaudalada y pudiente había llegado a ser la Orden, que el propio rey de Francia, Felipe IV, había llegado a temerla y odiarla. Sin duda alguna, las cuantiosas deudas económicas que tenía con ellos encendían aquellos sentimientos.

Aquel fue el comienzo del fin de Los Templarios, pues el rey inició un complot con el propósito de disolver la Orden. Para ello presionó al Papa Clemente V con el objeto de acusar a los Templarios de herejía y de diversas atrocidades, consiguiendo que todos fueran apresados y torturados sin piedad hasta arrancar de ellos las confesiones deseadas.

Y ahora había llegado el final, allí, a la vista de la imponente catedral y de incontables ojos que rodeaban la dantesca escena en la llamada "Isla de los Judíos". El Maestre Templario, Jacques de Molay, se encontraba atado a una estaca junto a su lugarteniente Geoffroy de Charnay. Ante ellos se encontraban los principales miembros del mezquino complot: el rey Felipe IV con su canciller Guillermo de Nogaret, ambos con aire de triunfo en sus semblantes, y más apartado de ellos, el Papa Clemente V, con una sombra de pesar en su rostro (pues nunca había creído en realidad las infames acusaciones y continuamente había absuelto a la Orden, hasta que su debilidad permitió al rey lograr su propósito).

Felipe IV se adelantó con amplias zancadas y gritó sin volverse hacia el vociferante gentío:

—He aquí los últimos integrantes de una maléfica secta que nos ha estado engañando durante tantos años. Se decían pobres siervos de Cristo, cuando en realidad han practicado las más aberrantes artes en nombre de malignos dioses y horribles demonios. Y con ayuda de quién sabe qué oscuros poderes infernales, han obtenido una riqueza que los ha ayudado en tan perverso propósito y los ha protegido de ser descubiertos. Pero sus depravados actos han llegado a su fin, hoy, aquí, a la vista de Dios y de toda la Cristiandad. Pues yo, Felipe IV, rey de Francia y proclamado como bien sabéis Campeón y Defensor de la Fe, he conseguido detenerlos a todos y arrancarles la confesión de...

—Calla maldito mentiroso —gritó el anciano Maestre con las pocas fuerzas que le quedaban —tú mismo lo acabas de decir. Todas las confesiones que has obtenido de mis caballeros y de mí mismo no son más que el resultado de unas torturas tan horrendas que ni siquiera el mismo Diablo podría infligirlas en el Infierno. Sin duda merezco arder, pues he sido un débil al proclamar unas terribles calumnias contra mi bienamada Orden. Mi cuerpo y mi mente no pudieron soportar el terrible padecimiento en las mazmorras de París, pero ello no es excusa y ahora he de pagar por ello.
«Pero quiero decir una cosa aquí, a la vista de Dios y de toda la Cristiandad: la Orden del Temple no morirá como es vuestro propósito, nunca vuestras ensangrentadas manos tocarán su Tesoro pues yo os conmino a vosotros traidores, antes de que pase un año, a comparecer ante el Tribunal Divino para ser juzgados por Dios Nuestro Señor ¡Malditos seáis, yo os maldigo a vosotros y a vuestra estirpe durante 13 generaciones.»

Aquellas fueron las últimas palabras del último Maestre del Temple. El fuego de la hoguera consumió a aquel valiente hombre que murió sin emitir un quejido, con los ojos cerrados, implorando en silencio el perdón de Dios, pero sobre todo, el de sus hermanos del Temple.

Antes de que pasara un año, Felipe IV murió en extrañas circunstancias durante una cacería, al igual que lo hicieron Clemente V y Guillermo de Nogaret, ambos presuntamente envenenados.


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miércoles, 10 de diciembre de 2014

Creepy Christmas

Se aproxima Navidad y para un evento tan familiar, Castle Rock Asylum se prepara a lo grande dándole un toque de terror, fantasía y ciencia ficción. A lo largo de este mes, os traeremos diversas sorpresas sacadas de nuestras mentes perturbadas, ¿nos ayudas?

Si quieres colaborar con nosotros con una relato, una ilustración, o una crítica/reseña/reportaje de tus películas, libros y/o series favoritas con temática Navideña dentro de los géneros de terror, fantasía y sci-fi, envíanos un mail a: castlerockasylum@gmail.com



Y recordad ... Christmas Is Coming .

Pic by: Kerem Beyit {DevinatArt}




jueves, 4 de diciembre de 2014

El amanecer de Conan por Hammer Pain


El frío sol había aparecido de nuevo en el cielo que cobija a la sombría tierra de Cimmeria.

Sol frío y blanco sí, pues nunca se ha podido decir que el soberano astro muestre su calurosa cara cuando tiene que adentrarse a través de los escarpados picos y los negros bosques que cubren por siempre este longevo reino.

Pero ni siquiera el sol, ni tampoco el dios que tal vez se oculta tras él, podían saber que aquel día quedaría inmortalizado en los escritos de los sabios a través de los siglos venideros.

Pues en medio de una batalla que se libraba bajo sus atentos ojos, entre los rugidos de los guerreros, los lamentos de los moribundos y el cantar de los grises y ensangrentados aceros, pudo oírse claramente el alarido de una mujer, mucho más aterrador que el canto de cualquier Dios de la Guerra que pueda surgir en la imaginación de un mortal. Los misterios que asolan el universo son incontables pero ni los dioses saben cómo la vida puede abrirse camino a través de la muerte, quizá nada tenga sentido o quizá todo esté escrito en el Destino por una razón.

Mas lo que sí nos cuentan los Antiguos Escritos es que aquella mujer logró crear un relámpago de vida en la tormenta de muerte que rodeaba su derruida y quemada choza. Y ella de repente guardó silencio, pues su hijo llegó a aquel salvaje y turbulento mundo profiriendo los gritos más terribles que una madre había visto jamás.

Gritos... pero no de miedo, no de dolor... furia, cólera, deseos de unirse a la batalla, ansias ardientes como el fuego del infierno, inflamadas por miles de generaciones de bárbaros indómitos y primordiales.

Tal fue el amanecer de Conan en la Edad Hiboria, tal fue el nacimiento del futuro guerrero, ladrón, pirata, mercenario, atamán, asesino, caudillo, rey... un hombre que con sus fogosos ojos azules vio en su vida lo que nadie alcanzaría a contemplar en cien de ellas, y que con su espada en la mano escribió la leyenda más grande que ha existido en el Libro de las Eras.


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jueves, 25 de septiembre de 2014

Bestial Frenesí por Rubén "Reaper" GonzáleZ

Bloody by Malialeon

No sabía ni siquiera el nombre del corpulento hombre que se hallaba completamente desnudo encima de ella. Aunque eso poco le importaba a la acalorada mujer. Ya que en cuanto acabasen de intercambiar fluidos corporales, no volvería a ver a aquel tosco camionero nunca más.
Aquella noche tenía que volver hacerlo. Debía dar rienda suelta a sus más bajos instintos una vez más. Algo en su interior se lo pedía fervientemente. Algo primitivo y salvaje, algo que vivía arraigado en lo más profundo de su ser. Por esa razón se había dirigido a aquel apestoso bar de carretera a altas horas de la madrugada. Con el fin de lograr su ardiente objetivo, había seducido fácilmente a aquel pobre diablo.
Sus uñas arañaron con furia la gruesa espalda del hombre. Este, en vez de quejarse, pareció entender aquello como un aviso para aumentar el número y la intensidad de sus embestidas. Cosa que hizo arrancar a la mujer sonoros gemidos de placer.
Había llegado por fin el tan ansiado (y desagradable) momento en el que sentiría la más placentera e innombrable de las sensaciones.
El veloz mordisco que recibió el hombre en la yugular logró provocar una verdadera lluvia de sangre que tiñó por completo de un reluciente tono escarlata el desnudo cuerpo de la dama.
De repente, sintió la familiar descarga de cálido líquido penetrar con violencia en el interior de su entrepierna. Y así, al fin, la mujer logró alcanzar el tan ansiado orgasmo tras emitir un gutural e inhumano gemido de puro placer.
Apartó con un burdo empujón el cuerpo agonizante de aquella anónima victima que tan bien la había servido. Esbozando una macabra sonrisa de ensangrentados dientes, dio por finalizado el bestial frenesí de aquella salvaje noche.

sábado, 6 de septiembre de 2014

Esa no, la Otra por Javier Vivancos

Los vidrios rotos crujen una vez más. Los mocasines manchados de aceite irrumpen y se detienen en el estrecho círculo de penumbra que le rodea. Alza la cabeza unos milímetros, lo justo para dirigir una húmeda y borrosa mirada a los pantalones de su fan número uno. Una mano helada limpia con delicadeza el hilo de sangre que le cuelga de los labios. A continuación, esos dedos afilados penetran hasta las raíces de su barba, se aferran, se enredan, empujan. Las miradas se cruzan en contra de su voluntad.

Su fan número uno sonríe como un tiburón. Tras sus anticuadas gafas de montura de concha no hay atisbo de remordimiento, ni de ninguna emoción conocida.

—Cántala otra vez —sisea.

Siente el cuchillo insinuándose en su melena, señalando sus piercings sanguinolentos, rascándole el tatuaje del cuello. Abre la boca, fuerza un gorgoteo áspero parecido a una nota. Es incapaz de recordar cuánto tiempo lleva atado al mismo oxidado sillón, obedeciendo los caprichos de ese lunático.

—Baaaby... yyou’re so... cl... clos... e... —entona.

Un tajo surca su mejilla.

—¡Esa no, la otra!







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