Castle Rock Asylum

Bienvenidos a la locura.

I Antología de Relatos de Terror Castle Rock Asylum

Ya disponible en Lektu.

Colabora

Colabora con nosotros.

Mostrando entradas con la etiqueta horror. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta horror. Mostrar todas las entradas

viernes, 14 de diciembre de 2018

Crónica de un suicidio por emparedamiento, por Cecilio Gamaza Hinojo

EH Photography

Absurdo el título, ¿verdad? Escribiendo fui siempre mediocre, pero para los títulos patéticos tenía un don. Este tiene su explicación, porqué básicamente es eso de lo que habla, y además basado en un hecho real, como ya habrás o habréis descubierto.
Se le buscará otra oscura explicación, pero háganme caso, es suicidio, por muy extravagante que parezca.
Para hacer esto solo me hizo falta tener conocimientos básicos de construcción, y de eso sabía algo. Antes de nada, para que no quede duda explicaré un poco el proceso. Compré el material suficiente para construir una pared como la que habéis encontrado, me aseguré que no me faltará de nada, hubiese sido frustrante y hasta ridículo haber dejado el trabajo a medias. Coloqué el mortero y los bloques a este lado. Cogí papel y bolígrafo de sobra, varias linternas y bastantes pilas, para no quedarme a oscuras. Dudé en si debía coger agua, hay tres formas de morir emparedado, por asfixia, por hambre y por sed. La primera no entraba en mis planes, si quiero escribir sobre mi muerte, la asfixia acortaría demasiado los plazos. Mi duda era si mantenerme hidratado o no.


Hace un momento he colocado el último ladrillo tapando con mortero la ranura que queda en el techo y he quedado totalmente emparedado.
Siempre me gustó la soledad, pero ahora la siento de otra manera. Aún puedo golpear las últimas hileras que no han fraguado, pero estoy totalmente convencido. Coloqué unos cuantos ladrillos formando un banco sobre la pared de enfrente y ahí me he sentado. Por los pequeños orificios que he dejado de vez en cuando para que entre aire, se cuela una leve claridad. He apagado la linterna y agujas de luz han atravesado la oscuridad desde los agujeros hasta la pared donde me apoyo. Me he arrepentido de no dejar las persianas de la casa cerradas.
He vuelto a encender la linterna y las agujas  volvieron a convertirse en pequeñas manchas. La he vuelto a apagar y a encender. Es divertido.
Miré las libretas, reuní varias, sabía que no las gastaría todas, pero es mejor que sobren a quedarme sin papel. Cogí la primera y empecé a escribir. Y aquí estoy, haciendo una crónica de mi muerte. A partir de ahora iré contando a modo de diario el proceso.

I
No sé cuanto tiempo llevo, decidí no traer reloj, pero he tocado el mortero y está seco, así que supongo que han pasado varias horas, ya no hay marcha atrás. No he podido evitar la tentación de mirar por uno de los orificios. Se ve el salón. Entra luz desde el ventanal, por el tono creo que pronto será de noche.
Tenía mucha sed, pero solo he bebido un pequeño trago, tengo una botella, y tendré que racionarla. Algo de lo que me he arrepentido es de no haber traído, al menos, un cojín; estoy muy incómodo. Mucho.
De momento tengo que tener paciencia, tardará tiempo en llegar el final, mi final.

II
Me he quedado dormido, es de noche, pero la oscuridad no es total, por el ventanal entra claridad y se cuela dentro con discreción.
No puedo evitar imaginarme el exterior. El cielo despejado con luna llena, o casi llena. La noche templada. Las hojas de los árboles, apenas mecidas por una brisa inapreciable. ¿Habrá personas fuera? Seguro que alguna. ¿El vecino de enfrente paseando con su pastor alemán? ¿La hija del farmacéutico llegando de estudiar? ¿El dueño del bar “La barca” que suele cerrar temprano? ¿Me echará alguien de menos? Seguro que no.
Tengo miedo, no sé porqué ni de qué, pero lo tengo. Me he despertado intranquilo. Siempre he sido un cobarde. Es más, mi cobardía es la que me ha llevado hasta aquí, a la soledad más extrema, aquí nadie me juzga.
Tengo sed y hambre.
No he contado ciertas cosas que probablemente os preguntéis. Vivo solo en un unifamiliar, nadie me echará de menos en algún tiempo. Llegado el momento, espero que el suficiente, terminarán viniendo a mi casa a buscarme. Al entrar en mi salón encontrarán en la pared del otro lado, escrito con letras grandes, “Estoy ahí dentro”, con una flecha señalando hacia aquí. Sé que resulta todo muy extravagante; es mi intención.
Llevo toda la vida pasando desaparecido, mi muerte no será igual.
Tengo hambre. He dado otro trago al agua, quizá demasiado grande, y sigo con sed.

III
He vuelto a quedarme dormido. Al despertar he notado algo que no me cuadra, no conté los agujeros que dejé en la pared, pero juraría que falta uno. Hay siete. He examinado la pared y he descubierto algo extraño. Había un hueco, un supuesto orificio de los que dejé, que parece que estuviera tapado desde fuera, alumbré, pero no conseguía ver qué podía ser. Le introduje un bolígrafo, me costó un poco, pero lo que sea cayó al otro lado. Eran ocho.
¿Qué demonios era eso? ¿Y cómo ha llegado allí?
Me quedé un rato quieto, mirando por el agujero. No podía haber nadie en la casa, solo mi hermana tiene llave, y vive fuera. Confío en que venga cuando haya pasado demasiado tiempo sin saber de mí.
Lo mismo es algún insecto.
Nunca he tenido tanta hambre, en teoría llevo unas veinticuatro horas sin comer.
He bebido agua, demasiada otra vez.
Qué despacio pasa el tiempo. Echo de menos mi reloj.

IV
Hay seis agujas, no puede ser.
Me he quedado dormido tumbado en el suelo, la linterna estaba apagada, y he visto seis agujas, seis. Cogí la linterna y comprobé que no funcionaba. Encendí otra. Las agujas volvieron a desaparecer. Me acerqué a la pared para buscar los orificios. Cogí el bolígrafo y empujé otra vez lo que sea que los tapaba.
¿Qué era?
No entraba en mis planes de suicidio pasar miedo.
Juraría que una de las manchas de luz ha parpadeado.
Será uno de los incestos que los taponan. Pero ¿qué incestos? las persianas las he dejado medio levantadas, pero los cristales están cerrados. Habrán entrado por cualquier ranura.
Es difícil de explicar lo que siento, me comería una de las libretas. He oído hablar de lo que una persona puede llegar a hacer por hambre y ahora mismo no me sorprendería nada que termine comiéndomelas. Menos mal que compré de sobra, porque no creo que tarde en comerme un sándwich de celulosa.
Otra vez he bebido demasiada agua, queda menos de la mitad, apenas un tercio. Soy pésimo con el racionamiento.
Cuando terminé el muro me sentí muy solo, pero ahora mismo tengo la sensación de que no es así, si no estuviera encerrado a cal y canto, buena expresión, en cinco metros cuadrados, juraría que alguien me observa, casi siento una presencia.
Ha parpadeando otra mancha de luz.
Me estoy sugestionando.


V

Tengo mucha hambre, mucha, y mucha sed. Demasiada.
Hace un momento cogí la botella, me temblaban las manos. ¿Porqué no habré traído más? y pensar que al otro lado de esta maldita pared tengo toda la que quiero.
Ya no me queda ni una gota. Por unos segundos me sentí saciado, satisfecho, pero duró eso, unos segundos. Abrí una de las libretas y no puede aguantar. Tiene un sabor curioso. He ido masticando trozos de papel, despacio, ablandándolos con saliva, la poca que tenía, ahora la sed es insoportable, sigo con la misma hambre y me duele el estomago. No puedo ser más idiota.
Al meterme el primer trozo de papel me acordé de que no era la primera vez. En el colegio tuve que tragarme un buen trozo. Llevaba tiempo enamorado de una compañera de clase, (qué inocente era), y un día me decidí a entregarle un nota con un corazón y nuestras iniciales. Estaba en el recreo escribiéndolo en un escalón, cuando me vieron mis compañeros. Enseguida hicieron un coro a mi alrededor, cogieron el papel y se lo fueron pasando de uno a otro riendo. Me moría de la vergüenza, comenzaron a burlarse gritando mi nombre y el de ella. Les pedí que me lo devolvieran, pero después de dos collejas de “El Gordo” acabé tragándomelo, entre vítores, risas y abucheo.
Estoy llorando. De verdad que no puedo ser más idiota.

VI


Estoy asustado, pegado contra la pared y con todas las linternas encendidas. He eliminado cualquier rincón de sombra. Hace unas horas volví a despertar, me había quedado dormido, creo que poco tiempo. Cuando desperté estaba completamente a oscuras. Al principio supuse que sería de noche y que la otra linterna también había fallado, pero la busqué y encendió. Me acerqué a la pared y encontré los orificios. Estaban tapados. Todos. Volví a abrirlos
Puse las linternas de forma que los agujeros perdieron el protagonismo y eso me tranquilizó un poco. Cuando los abrí no dejaban de parpadear de un lado a otro, como si alguien… o algo se dedicara a recorrer el muro por el otro lado una y otra vez. Me asomé por uno de ellos. ¿Hola? Pregunté. Noté algo, no oí nada, pero… no sé, note algo. Me aparté y vi que habían dejado de parpadear. ¡Hola! ¿Quién eres? De nuevo volvieron a parpadear, pero esta vez más rápido, cada vez más rápido. El corazón me latía con fuerza. Desesperado encendí todas las linternas.
Ahora, algo más calmado me pregunto porqué me importa lo que haya fuera, y sobre todo porqué tengo miedo si me he encerrado aquí para dejarme morir. ¿Qué me importa todo, si pronto no tendré ni seré nada?

VII


He vuelto a comer de la libreta, me ha costado mucho tragar, casi me asfixio; no consigo empapar y ablandar lo suficiente. Mientras mascaba pensé que además de los bolígrafos podría haber traído unas ceras, al menos engañaría a la vista. No se me ha dado mal dibujar. Dibujaría una hamburguesa, grande, con queso saliéndole derretido  por los bordes, y lechuga y tomate. Y patatas, dibujaría una hoja enteras llena de patatas, ¿y porqué no? dibujaría una jarra de cerveza… cerveza, que me gusta.
Tengo mareos. Me he levantado del asiento de ladrillos y casi me caigo. Me cuesta tenerme en pie.
¿Qué tiempo llevo aquí? ¿Cuánto me quedará?
No puedo dormir, me duele todo. Ahora mismo escribo tumbado en el suelo. He decidido apagar casi todas las luces, he dejado solo una, y los agujeros han vuelto a parpadear, despacio… despacio.
Me duele todo.

VIII


Me he quedado dormido. Por fin. Y he tenido un sueño raro. Mi compañero de clase, El Gordo, el que me dio los golpes y me aconsejó comerme el corazón con las tres letras, estaba en mi casa. Se comía una hamburguesa con una cerveza al otro lado del muro, paseaba pegado a la pared, de un lado a otro. Miraba de vez en cuando por los agujeros y se reía. Con esa inmediatez que solo existe en los sueños, le salieron alas en la espalda, de pronto se convirtió en un insecto. Aparecieron más, muchos, revoloteando por la habitación. Todos tenían la misma cara redonda y antipática, la misma sonrisa grotesca. Uno de ellos se asomó al agujero. Cuando desperté habían varios orificios tapados. Los he dejado así. Quizá lo mejor sea que los tape yo mismo. Todos. Y que el hijo de puta del Gordo-insecto se joda. Perdón por esas palabras, pero es que…
Quería quitarme la vida emparedándome, contando el proceso. Quería irme dejando algo escrito que se leyera con suficiente interés. Quería conseguir en mi muerte lo que no fui capaz en la vida. Pensaba hacer una descripción de esta tumba, que la convirtiera en un lugar claustrofóbico, con metáforas geniales. Pensaba ir escribiendo paso a paso mi deterioro físico y mental. Quería, pensaba, y lo único que he conseguido es desvariar con unos insectos y un niño de diez años que ahora tiene más de cuarenta.
No valgo para esto.
Creo que voy a comer sopa de letras… No sería la primera vez.
Me comería mis propias palabras, literalmente.
Ja ja ja.

IX


He estado dudando, no he podido evitarlo. Podría no contarlo, pero que triste de mí, si ni en este momento fuese sincero. Me he arrepentido. He cogido la paleta con la que he hecho el muro, me he acercado y he intentado raspar con ella el mortero para salir de aquí. Lo único que he conseguido es hacer una pequeña marca. Al volverme me he caído. Me he clavado un trozo de ladrillo en la palma de la mano, y he sangrado. Miré ese líquido espeso y oscuro. La sensación de sed se intensificó.
La sangre tiene un sabor extraño. Siempre me dio asco cuando veía a mis amigos chuparse alguna herida. Yo nunca fui capaz de hacerlo. Ha sido un sabor nuevo para mí.


Ha dejado de sangrar. Es una herida grande, seguro que me hubiese dejado una buena cicatriz.

X
Me ha dado un ataque de nervios, de pánico más bien. No sé de donde he sacado las fuerzas, pero me levanté, cogí uno de los ladrillos y me puse a dar golpes al muro, y a gritar.
¡Ayuda! ¡Socorro!
¡¿Hay alguien?! ¡¿Quién eres?!
¡Sé que estás ahí! ¡Sácame de aquí!
¡Por favor!
He gritado con todas mis fuerzas, y he derramado todas las lágrimas que me quedaban.

XI
Las manchas siguen parpadeando. Estará esperando a que me muera.
Con los golpes la sangre ha vuelto a brotar; ya no me da asco.
No sé como describir el hambre y la sed que tengo. Si los ladrillos pudieran masticarse me los comería. He lamido uno.
Me cuesta moverme. Me cuesta respirar.
Me queda poco.

XII
SÍ QUE TE QUEDA POCO, TE ESTÁS MURIENDO, PERO NO DEJARÉ QUE TE VAYAS SIN QUE CUENTES LA VERDAD. JA JA JA. POBRE DESGRACIADO. CUENTA POR QUÉ ESTÁS AQUÍ.
¡Yo no he escrito esto!
No estoy solo. Hay alguien aquí dentro, está en una esquina. Me mira y sonríe, lo sé, no puedo verlo bien, pero lo noto.
No me atrevo a alumbrar con la linterna. Tengo miedo, no deja de mirarme.
Yo no he escrito eso. Cogí la libreta y ahí estaba. Además no es mi letra… y no estoy loco. Ha sido él, seguro.


Tengo sed. Mucha.
He abierto la herida un poco. Ha brillado un pequeño punto oscuro.

XIII
TIC TAC
TIC… TAC
TIC… … TAC
TIC … … …
CUÉNTALO. NO SEAS COBARDE.


No necesito que me recuerde que se me acaba el tiempo.


Echo de menos mi reloj.
Se cerca. Ahora está detrás de mí. Noto su aliento en mi nuca, oigo su respiración. Estará leyendo lo que escribo… ¡VETE AL INFIERNO! ¡VUELVE!

XIV
TUS DESEOS SON ÓRDENES, PERO TÚ VIENES CONMIGO, JA JA JA.
CUENTA LA VERDAD, CUÉNTALA. CUÉNTALA.


¡Déjame!
Ya no puedo más.
Me he arrastrado un poco hacia donde están los restos de ladrillos partidos y he cogido un trozo con un filo que corta como un cuchillo. Ahora que sé a que sabe la sangre, y que el hambre y la sed me están matando…
Escuece, duele.
Los cinco metros parece que han encogido. La libreta, el bolígrafo, la luz de la linterna, el trozo de ladrillo manchado, y yo. Y él.
Hace tiempo que no veo las agujas.


Perdonad por las manchas, espero que no tapen alguna frase, pero no me da tiempo a tragar toda la sangre. Creo que me he hecho el corte demasiado profundo; la muñeca me duele mucho.
Me gusta, está caliente y espesa. Sabe a… no sé describir a que sabe, pero me gusta. Tengo sed.
Han aparecido los agujeros de nuevo, los ocho. Y el Gordo y los demás, están comiendo trozos de papel; ya no se ríen de mí. Y mi vecino de enfrente con su pastor alemán, mirándome sin esa cara de desprecio. Y la hija del farmacéutico, sonriéndome. Y el dueño del bar “La barca”, me ha saludado. Me echan de menos. Están todos. Todos. Todos me leerán.
Hay mucha gente, pero él también, y no se irá, ha venido a vengarse, lo sé. Sé quién es, es él. Viene a por mí. Creí que lo dejaría al otro lado del muro. Huir de tus propios fantasmas, soy idiota.


Estoy escuchando golpes y voces. El muro está temblando.
Perdonad las manchas,  pero no se para.
No   puedo     m


UY, POR POCO. BUENO COBARDE, TE SALISTE CON LA TUYA. BIENVENIDO.


FIN


Para saber más:Relatos de Charlies27





viernes, 30 de noviembre de 2018

Hambre, por Rain Cross



El dolor era insoportable. Sentada en un charco de sangre, con el cadáver destrozado de mi marido a un lado, las fuertes contracciones me advertían de que nuestro bebé estaba a punto de nacer. Un trozo de carne asomaba aún por mi boca. La carne del hombre al que tanto amaba. 

El ansia había empezado unos días atrás, acompañada de un penetrante pinchazo en el bajo vientre cada vez que sentía su olor; un instinto primario que no me dejaba pensar en nada más que en el placer de la carne humana. Al principio, no le di importancia: empezó a gustarme la carne poco hecha, el gato del vecino… Nuestro perro… Hasta que ya no pude resistirlo más. En cuanto cruzó la puerta me abalancé sobre él, cuchillo en mano, y fui desgarrándole la piel hasta dar con el hueso. Sus gritos no me detuvieron: mi hijo tenía hambre.

Pensé que con eso acabaría todo. Que él estaría saciado. Pero me equivocaba. Ahora mi pequeño salía de mi útero destrozándolo todo a su paso. Notaba como sus dedos arrancaban mis entrañas y las arrastraba hasta mi vagina. Puse mis manos entre las piernas para ayudarle a salir. La sangre caliente y el líquido amniótico se entremezclaban en el suelo; la dualidad entre la vida y la muerte.

Me tendí, deseando que todo terminara, chillando ante lo que acababa de ocurrir. Oí el llanto de mi hijo recién nacido y, exhausta, quise abrazarlo… Pero no pude hacerlo. El pequeño comenzó a deslizarse por mi cuerpo y, enseñando unos pequeños dientes afilados, vino hacia mi cuello en busca de un bocado más. La dentellada mortal.

viernes, 5 de mayo de 2017

Crítica The Void de Jeremy Gillespie y Steven Kostanski





No son pocos los directores que han intentado, a lo largo de los años, realizar una adaptación o una película influenciada por los Mitos de Lovecraft. Los que han tenido más suerte han sido sin duda el gran John Carpenter con su trilogía del Apocalipsis (La Cosa, El Príncipe de las Tinieblas, En la Boca del Miedo) y Stuart Gordon (Re-Animator, Dagon, la secta del mar) en la parte más visual y splatter. En España lo intentamos sin suerte con las dos entregas de La Herencia Valdemar y hay una ingente cantidad de títulos que se amparan en lo "Lovecraftniano" para colarnos unas cuantas monstruosidades tentaculares y alguna mención a Cthulhu o al Necronomicón e intentar ganarse unos aplausos a costa del solitario de Providence.

The Void llega para colocarse en un agradecido término medio. No contentará a los eruditos Lovecraftnianos pero resulta ser, por momentos, algo más que un facilón horror tentacular.




Los artífices de esta película son Jeremy Gillespie y Steven Kostanski, Maquilladores profesionales (entre sus trabajos están los realizados en Silent Hill: Revelations, Crimson Peak, Suicide Squad) cuyos primeros intentos en la dirección resultaban ser gamberradas de serie B del nivel de Father´s Day o Manborg. En The Void tratan de ponerse más serios y sacan a relucir todo su arsenal de influencias (quizás demasiadas) para dar forma a este endiabladamente disfrutable relato de viscerales engendros y siniestros cultos a innombrables deidades..

Desde su primera secuencia, la película sumerge al espectador en esta sangrienta aventura que colocará a un grupo de desdichados personajes en un hospital semi abandonado en el que el verdadero horror puede que se encuentre en el interior del edificio y no en el exterior junto a todos esos misteriosos encapuchados.




No engaño a nadie si digo que la premisa es bastante simple y que en la mayor parte del metraje resulta bastante desconcertante (aunque pueda parecer que no, está claro que ni los propios directores no tenían claro bastantes cosas al dirigir). Pero a base de tratar de explotar los aciertos de la cinta y aprovechar su duración para hacer un ejercicio de survival horror que no pueda aburrir al espectador, logran sacar a flote The Void.

El gran acierto y lo más valorable es sin duda los FX´s y maquillajes artesanales. Pura delicatessen para los amantes del cine de terror añejo que no estaba pervertido por el uso del CGI (ojo, que en esta peli también tenemos pantallazos verdes, pero solo en las partes verdaderamente necesarias y de cara al final). Se nota que los directores tienen experiencia en este campo (porque hay que recalcar que el presupuesto para esto se financió con un crowdfunding), los horrores de su particular Infierno son trasladados de la mejor de las maneras y acaban contribuyendo al ejercicio de nostalgia que ha iniciado con el envoltorio puramente ochentero con el que se oferta ante el espectador ávido de este movimiento (algo curioso que no suele ocurrir con esta clase de películas es que la BSO sea tan olvidable y desechable).




No es nada complicado ver las referencias y homenajes que se suceden a lo largo del metraje. Ya tan solo la premisa inicial resulta una mezcolanza de títulos "Carpenterianos" (Asalto a la Comisaría del Distrito 13, La Cosa, En la Boca del Miedo) que juguetean también con el Clive Barker de Hellraiser. Las criaturas parecen un visceral híbrido entre las creaciones de la Nueva Carne de David Cronenberg y las abominaciones del videojuego Dead Space. Y este carrusel no tendría porqué detenerse aquí. Pero me gustaría dejar claro que en este ejercicio, la película se pierde bastante. Una pena teniendo en cuenta que juega a su favor una mitología propia atractiva y que pedía a desesperados gritos ser explotada. Ya solo la legión de mudos e inquietantes encapuchados daban para levantar sin problemas la película.




Los personajes contribuyen a aumentar la sensación de desconcierto y desesperación en la que se suma The Void. Aunque se eche en falta algo más de exposición en alguno de ellos (sobre todo en la violenta pareja formada por Daniel Fathers y Mik Byskov), pero cumplen con su cometido.

En la recta final es donde podemos descubrir que los directores han querido arañar un poco la superficie del interesante tema cósmico de la literatura de Lovecraft. Y aunque llega un poco tarde y puede ser la puntilla que saque de la experiencia al espectador medio, un servidor ha agradecido bastante este intento.

Querer buscarle pegas a The Void es un ejercicio de rizar el rizo, es no querer disfrutar de una película que supondrá una buen rato de brutal y sanguinolento divertimento para cualquier espectador del cine de terror. Es una pena que no aprovechase todo su potencial para convertirse en una verdadera "obra de culto", pero como Lovecraftniano divertimento y carta de amor al cine de terror ochentero cumple con nota.




Lo Mejor; El ejercicio de añadir a la trama el componente cósmico de Los Mitos. Los efectos especiales artesanales.

Lo Peor: No aprovechar su interesante mitología propia y perderse entre tanto homenaje.



miércoles, 31 de agosto de 2016

Imaginaciones, de Hammer Pain



Alone in the dark by darkness1

Miedo. Otra película de miedo. Como cualquier niña de ocho años, Miranda no podía soportar ese tipo de películas. A parte de lo desagradable que resultaban, llenaban su mente de un horror indescriptible y hacían que todo tipo de pensamientos aterradores emergieran de los rincones más oscuros de su imaginación. Desgraciadamente, a su padre le encantaba verlas todas las noches mientras se emborrachaba a la vez que consumía todo tipo de drogas. Eso hacía que, poco a poco, el hombre se evadiera cada vez más y más de la realidad hasta bordear los abismos de la locura. Y lo que era peor, la gran maldad y la vileza que habitaban en su negro corazón aumentaban hasta cotas insospechadas.

Dormir por las noches era una verdadera tortura para Miranda. Encerrada por su despiadado padre en su pequeña habitación, se enterraba bajo las sábanas de su cama y se tapaba los oídos para intentar no escuchar nada de aquellas horribles películas, pero era muy difícil debido al elevado volumen al que siempre estaban puestas. Conforme avanzaba la noche, una vez que su padre se quedaba dormido vencido por el alcohol y los narcóticos y finalizaba la sesión de cine, otra pesadilla comenzaba para Miranda. La que le brindaba su trastocada imaginación, que convertía su cuarto en un lugar donde horrendos fantasmas acechaban en cada oscuro rincón y donde seres monstruosos habitaban bajo su cama esperando a que se durmiera para salir y devorarla. Sus juguetes, sus muñecas, sus dibujos... tenía la sensación de que todo parecía observarla con malignas intenciones. Todo parecía que le hablaba con amenazadores susurros que se perdían en la oscuridad.

Y ya hacía unas cuantas noches que hasta había creído distinguir unas palabras flotando entre esos imaginarios susurros.

«Puedo verte, puedo sentirte, te acompaño en tus desconsolados sueños y un día te llevaré conmigo».

     —¡Eso son imaginaciones niña estúpida! Desde que la zorra de tu madre se largó no dejas de lloriquear y de inventarte cosas ¡Estoy harto de ti! —le gritaba su padre cada vez que le contaba sus temores por la mañana. Por supuesto, cualquier sugerencia de que dejara de ver películas de miedo era acompañada de una rotunda negativa y, en caso de insistir, de alguna sonora bofetada.

¿Acaso era real? ¿Provenía esa frase de alguna parte? No. Era imposible. Sin duda las películas de miedo la estaban trastornando. Eran todo imaginaciones, seguro.

Pero cada noche, en el silencio sepulcral de su habitación, volvía a escucharla. Una y otra vez. «Puedo verte, puedo sentirte, te acompaño en tus desconsolados sueños y un día te llevaré conmigo». Y cada vez que la escuchaba no podía evitar pensar en lo que oía en las películas de terror, sobre todo en las escenas de niños solos en sus habitaciones que eran atacados o secuestrados por todo tipo de horrores. Llegó a convencerse de que algo se ocultaba en su habitación y que planeaba llevársela para hacer con ella quien sabe que terroríficas cosas una vez que se cansara de asustarla por las noches. Entre llantos y muecas de desasosiego se abrazaba a su osito en un vano intento de aliviar el insoportable miedo que sentía. Pero no podía dejar de oír esa frase que se repetía constantemente en su cabeza incluso cuando el sueño y el cansancio lograban hacerla dormir. Se abrazaba y se abrazaba a su osito, su osito de ojos negros como la noche. El único consuelo que tenía.

Hasta que una noche, con los ojos desencajados por el horror y mordiéndose el puño hasta dejarlo morado, lo vio. Allí estaba, siempre había estado allí, con ella.

Pasos. De repente se oyeron unos pasos que hacían crujir siniestramente la escalera que llevaba directa a su cuarto. No eran imaginaciones. En la oscuridad se adivinaban dos grandes ojos inyectados en sangre y una boca sonriente que chorreaba baba. Un ser maligno y repugnante subía lentamente hacia la habitación de Miranda con un macabro propósito para el que no había castigo ni en el peor de los infiernos. Avanzaba en silencio como una sombra con sus ojos rojos fijos en la puerta de la habitación. Su respiración era cada vez más y más intensa, parecía un volcán a punto de entrar en erupción. Las ansías de matar que tenía eran tan grandes que el corazón estaba a punto de estallarle. Llegó por fin hasta la puerta... y escuchó una voz que venía de detrás de ella, una voz que no era de una niña, ni tan siquiera humana.

     —Es la hora, debemos irnos antes de que sea tarde —fue lo que dijo la voz.

No le hacía ninguna falta la llave. El padre de Miranda derribó la puerta con toda la fuerza que le daba su alterado estado y entró en el cuarto gritando como un animal enloquecido y con un cuchillo enorme en la mano. Escudriñó toda la estancia con sus ojos empapados en sangre pero allí no había nadie. Profiriendo alaridos y completamente fuera de si destrozó todos los muebles y acuchilló los juguetes y los dibujos de la pared.

     —¿Dónde estás maldita? ¿Dónde te escondes? Estoy harto de ti y de tu dulce inocencia, quiero acabar con ella, quiero acabar con todo lo bueno de esta mierda de mundo —gritaba entre desquiciadas carcajadas. Él era quien en verdad había acabado totalmente desequilibrado tras incontables noches de drogas y películas de miedo. Se había convertido en aquello que veía en ellas—. No puedes haber desaparecido. Te encontraré, y cuando lo haga te rajaré de arriba a abajo para sacarte las tripas. Te arrancaré tus sucias entrañas ¡Así!

En pleno delirio homicida se hundió el cuchillo hasta el mango en la garganta y cayó al suelo entre brutales convulsiones. La sangre manaba a borbotones y corría por entre los restos de los juguetes destrozados en el suelo, hasta que por fin se llevó la vida de aquel demente que nunca más podría hacer daño a nadie.

Pero hasta que no llegó su final no dejo de mover los ojos intentando encontrar a Miranda. Y nunca la encontraría. Había escapado a tiempo de sus garras esfumándose como por arte de magia. Ella... y su osito de peluche, su osito de ojos negros como la noche. El ángel que velaba siempre por ella.


Para saber más:

jueves, 25 de agosto de 2016

Un sueño de noche eterna, por Hammer Pain



Ilustración por Sigbjorn Pedersen


Para ellos solo era una leyenda
Jamás nadie supo lo que yo era
El más frío y letal asesino
que sobre la tierra haya existido
Todo aquel que se cruzó en mi camino
fatalmente selló su destino

Las sombras siempre han sido mi hogar
el único refugio seguro
Un inmenso y siniestro vacío
al que la luz no puede llegar

Me siento como un niño pequeño
o un amante con puro deseo
cuando siento su abrazo sombrío
y comparto su eterno silencio

Un mortal no lo puede apreciar
su mente es un laberinto tortuoso
capaz del acto más generoso
y la más vil atrocidad
Siempre perdido en una batalla interior
entre el odio y el amor
Pues en la vida del ser humano
ambos caminan juntos de la mano

Pero al fin esa batalla cesó
y fue el odio el que triunfó
pronto la guerra y el terror se extendieron
amigos y enemigos entre si combatieron
dejando una estela de muerte y de fuego
Horrores nucleares cruzaban el cielo
Los niños lloraban en brazos de sus madres
mientras sus casas volaban por los aires

La humanidad entera ardía
El humo se elevaba hasta el infinito
y mientras yo me reía
el sol se convertía en un mito

Así la noche alcanzó la inmortalidad
Así al día devoró sin piedad
Todo quedó cubierto por la oscuridad
Mi hermoso sueño hecho realidad

¿Este es el precio que he de pagar?
¿Es esto cuanto me queda?
Nubes tóxicas y aire venenoso
Polvo y carroña allá donde voy
Un frío que ya no puedo sentir
desde que mi corazón dejó de latir
pero es otro frío el que me atormenta
uno que ya no se puede combatir
aquel que la soledad te hace sentir

Soledad
Nadie sabe lo que es
Nadie puede comprenderla
Solo aquel que ve pasar los siglos
como fantasmas en las tinieblas

Ahora nadie queda para temerme
no hay ya quien me pueda amar
los humanos se han extinguido
entre el oscuro humo se esfumaron
y su preciosa sangre se llevaron

A menudo cierro los ojos
y recuerdo...

Recuerdo aquel aroma embriagador
que mi mente de gozo cubría
En mi boca parece que noto el sabor
de aquella dulce y roja ambrosía

Envuelto en sucios harapos
como un mendigo andrajoso
El que antaño fuera un noble orgulloso
Príncipe del averno más tenebroso
se arrastra ahora hambriento y fatigado
Su terrible poder ha quedado olvidado

Solo mis ojos conservan
el recuerdo de mi grandeza
de mi incomparable belleza
Brillan solemnes en la negrura
mi melancólico rostro iluminando
como perlas envueltas en fuego blanco
Y bajo un cielo demacrado
despojado de todas sus luces
mis ojos son las únicas estrellas
que a este planeta dan lumbre

Vivo en una muerte errante
Muerto en una vida agonizante
Un inmortal en su inmortalidad atrapado
en una prisión sin barrotes ni candados

Con vana esperanza
prosigo mi cruel andanza
Navegando a la deriva
por un océano de ceniza
buscando ese néctar desaparecido
en la noche eterna perdido
A través de los páramos desolados
de negras praderas y bosques quemados
A través de ciudades arrasadas
llenas de huesos y casas calcinadas

Un mundo roto del que soy dueño
Triste escenario de un loco sueño