martes, 11 de noviembre de 2014

Ecos por Moi Gascón




Al fondo veo una vieja noria que dejó de girar hace mucho, mucho tiempo, mientras varias de sus cabinas se mecen lentamente a causa del viento como si una invisible mano fantasmal la moviera desde el infinito. Los caballitos dejaron su trepidante cabalgada hace décadas mientras pierden brillo y se desprenden de su pintura debido a las inclemencias meteorológicas y el peso del tiempo. En la caseta de tiro, las pelusas se amontonan formando enormes aglomeraciones cargadas de bacterias devoradoras a la vez que varios peluches olvidados se pudren después de décadas de abandono.
La hierba, antaño verde y vivaz, ahora no es más que una parcela de tierra descolorida y agrietada de la que surgen decenas de hormigas que han encontrado su hogar en la tierra yerma.
Un carrito de la montaña rusa yace oxidado en lo más alto de esta, como si hubiera sido abandonado después de un terrible accidente. Una caseta de palomitas con los cristales destrozados y ecos de antiguos copos de maíz explotados coronan lo alto de una pequeña montaña por la cual se accede a la temible casa del terror, donde decenas de miles de parejas se han abrazado, acurrucado, gritado y metido mano mientras recorrían los raíles y diversos monstruos tales como Frankenstein, Drácula, la momia y Jack El Destripador trataban de darles caza a su paso sin llegar a franquear la valla delimitadora y que ahora permanecen igual de muertos que el material del que están hechos.
El cartel de un bar se balancea agarrado únicamente por una pequeña cadena que no tardará en ceder y este terminará en el suelo.
Dentro de la caseta, un grifo de cerveza dejó de gotear y varias latas de cerveza llevan caducadas demasiados años olvidadas como un viejo balón de fútbol pinchado descansa en el fondo de un oscuro garaje.
Veo ese columpio balancearse, hacia delante, hacia detrás, mecido por el viento de invierno, que se lleva el poco calor que queda. Las cadenas chirrían tras años de soportar lluvias torrenciales, como mis propios huesos, también chirrían.
Un niño pasa corriendo con un billete en la mano, deseando llegar a la entrada de la atracción para montarse en ella tras pagar a un tipo gordo, con barba y diversos tatuajes en el brazo que extiendo la mano para atrapar el dinero del peaje. Su madre corre detrás, sabiendo que las ansias del pequeño pueden más que sus propias fuerzas. Curiosamente ese niño se parece a mí a su edad.
Una pareja pasa a mi lado, casi chocando con mi hombro mientras ríen descaradamente. El hombre lleva a la joven agarrada por los hombros mientras porta en la mano un enorme oso de peluche que ha conseguido en el barracón de tiro y regala a la joven para intentar tener más puntos y ver si pueden pasar a palabras mayores esa noche. Aunque ya sé el resultado, y es negativo. Tendrán que esperar por lo menos dos meses más.
Un payaso cargado de globos de diversos colores que flotan en el aire saluda a la gente que entra en el parque de atracciones y les ofrece un globo como detalle de la directiva del propio parque. El hombre que se oculta debajo del traje de payaso y toneladas de maquillaje se llama Bob y murió hace 15 años de un ataque al corazón mientras esperaba en la cola del cine. Las ambulancias tardaron casi tres cuartos de hora en llegar y cuando por fin aparecieron con una camilla con ruedas, su corazón hacía bastantes minutos que se había detenido como un reloj al que has olvidado darle cuerda.
Una muchacha agarra uno de los globos y lo eleva por el aire, flotando, como su propia juventud. Se siente como si pudiera volar, siente que es libre, siente que tiene toda una vida por delante, pronto se casará con su novio con el que lleva dos años de relación, ese novio que le hace tantísimo reír, que es atento, comprensible, amable y buena persona y la hace sentir viva, ese novio que la matará de una paliza cuando llegue un día a casa borracho y descubra que no le ha preparado la cena y ella tratará de excusarse diciendo que su encargada le había obligado a hacer horas extras.
Él le gritará enfurecido que no es problema suyo, que era su obligación el tener la cena preparada para cuando él llegase, que se partía el lomo trabajando en la fábrica 10 horas al día, y qué menos, que llegar a casa y tener la cena lista. Conozco la historia porque aquella joven risueña era mi hermana.
Una hermosa mujer de 27 años pasea con un carrito de niño, del cual se asoman dos diminutos pies y dos pequeños bracitos que bailan en el aire, mientras la madre ríe y se dirige a una de las casetas y se para a hablar con el hombre que la regenta. Le da un beso en la boca y este sale de detrás y comienza a jugar con el bebé, mientras una gran sonrisa invade su rostro cansado. Unos fuertes brazos levantan al bebé por el aire mientras ambos ríen. Se les ve felices, la típica felicidad que arrastran las parejas que han sido padres recientemente.
El hombre deja de nuevo al bebé en el carrito y se dirige a su puesto de trabajo mientras la mujer se aleja con el carrito decidida a dar un paseo por ese lugar donde lleva tanto tiempo acudiendo diariamente.
Un grupo de amigos, de unos 35 años están reunidos alrededor de un banco mientras diversas latas de cervezas vacías y arrugadas inundan el suelo. Ríen desmesuradamente, incluso varios curiosos se giran para ver de dónde viene ese alboroto y ríen al ver al grupo de amigos bebidos, sintiendo cierta vergüenza ajena; ni que fueran muchachos de 17 años. Más tarde, ese grupo de amigos saldrán despedidos por un barranco en el camino de vuelta al pueblo, muriendo todos. Los que no murieron debido a la colisión, fallecieron minutos después ardiendo entre lastimosos gritos de terror y dolor.
Otro niño pasa corriendo entre la multitud, casi apartando a los que se ponen en medio hasta llegar a la barraca de tiro donde salta y abraza al hombre que se le dibuja una gran sonrisa cansada en su boca. Lo levanta en el aire y le da varias vueltas mientras un dolor terrible se instala en sus riñones. El hombre ya comienza a tener canas en su robusto pelo que hasta hace poco había sido completamente negro. Detrás del niño llegan los padres, riendo y saludan al hombre con diversos besos mientras señalan la barriga de la joven indicándole que van a ser padres de nuevo.
Una mujer pasa a mi lado, empujándome mientras noto que mi corazón comienza a acelerar su ritmo, como si una descarga eléctrica recorriera mi cuerpo hasta llegar al motor del cuerpo humano. La mujer luce demasiado delgada, aunque sigue conservando una belleza inusual, solo propia de diosas, con un pañuelo tapando su calvicie, no quiere que nadie sepa que está agonizando, que el cáncer ha ganado la partida y pronto dejará este mundo, pero aún así saca fuerzas de un lugar que el cáncer no ha conseguido dominar y acude a ver a su esposo como ha hecho durante los 40 años que llevan de relación. 40 años de amor, alguna que otra discusión que a punto estuvo a punto de disolver el vínculo entre ambos, pero al final, el pegamento que se llama amor, puede con las discusiones y las inclemencias de la vida y los une aún más fuerte.
Me veo a mí mismo entrar por la puerta desvencijada de la cual cuelga una de las puertas amarrada a un gozne, símbolo de lo que antaño fue un lugar lleno de vida y ahora yace tan muerto como un cadáver en descomposición dentro de una claustrofóbica caja de madera. Me veo viejo, atormentado, indefenso, arrastrando los pies, sin apenas poder caminar, casi sin fuerzas para nada más que cumplir una vieja promesa que me hice a mí mismo cuando era joven. Entro al lugar al que acudí durante casi 40 años de trabajo, el sitio en el que pasé los mejores momentos de mi vida, exceptuando los momentos junto a mi esposa, mi hijo y mis nietos. Pero este parque de atracciones me dio la vida y ¿qué mejor que ir a morir al lugar donde has sido más feliz?
Me duelen mis viejas manos, mis manos que tantas cosas han tocado y soportado.
Me duelen todas las articulaciones. Algo habitual en un anciano de casi 97 años.
He visto amigos, familiares y seres conocidos irse con la muerte. Cogerle de la mano y no soltarla y adentrarse en el extraño mundo que no tardaré en conocer yo también.
Sé que pronto será mi turno, pronto me tocará a mí y abandonaré este diminuto cuerpo en el que habito.
Estoy cansado, demasiado cansado ni siquiera para volver a casa. Qué más da, no hay nadie allí, nadie me espera, solo viejos fantasmas que me recuerdan demasiados momentos, los fantasmas del pasado, igual que este lugar.
Viejos fantasmas que te acarician, te arropan por las noches y te besan en los despertares. Los viejos fantasmas que hacen que la línea de la sonrisa suba tan rápidamente como baje. Amigos, familiares, hijos, amor.
Todos acabamos siendo fantasmas atrapados por otros fantasmas.
Los fantasmas de los recuerdos, y créeme, esos son los peores. Los fantasmas existen, pero no tal como los conocemos. Los fantasmas son recuerdos de nuestra vida que se niegan a desaparecer.



 

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2 comentarios:

Bonita conclusión... "Los fantasmas son recuerdos de nuestra vida que se niegan a desaparecer"... Hay tantos recuerdos que vamos perdiendo por camino que ojalá fuese verdad... Aun así, menudo parque de atracciones, ¡¡¡Cualquiera va!!!
Buen relato...

Muchas gracias, nos alegra que te haya gustado :)

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