Castle Rock Asylum

Bienvenidos a la locura.

I Antología de Relatos de Terror Castle Rock Asylum

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jueves, 10 de octubre de 2019

Chin chin chinches (Historia real) por Román Sanz Mouta



Lunes 22: Me ha picado algo. Mordido. Una chinche en esta casa vieja de colchones roídos. La mataré.

Martes 23: Sigo a la caza. Me atacan con nocturnidad. Me comen cuando no las veo. No importa cuántas cace. No me rindo.

Miércoles 24: Mi cuerpo parece un cuadro abstracto y aberrante de bultos, ronchas y bulbos. Pica. Rasco. Duele. Evito los espejos. Debería irme. ¡Odio a las chinches!

Jueves 25: Estoy enfermo y febril. No puedo conducir. No puedo marcharme. Solo tumbarme en la cama. Su morada. Mientras chupan mi sangre y devoran mi carne. Y algo más…

Viernes 26: ………

Sábado 27: ¡¡¡Estoy embarazado!!! En el cuello, en los muslos, en el sobaco, en cada pliegue… ¡Voy a ser padre y madre!

Domingo 28: Mi cuerpo es su templo. Las noto latir, crecer, sentir, alimentarse. Sus huevas. Mis crías.

Lunes 29: Eclosionan desde todas partes. Revientan la piel. Se llevan parte de mí consigo. Mil hijos e hijas que me convierten en progenitor orgulloso. Me desvanezco, paso de nido a desayuno. Les doy todo. Adiós. Quiero a mis chinches…

Martes 30: Aún me mantienen vivo. Caparazón de carne y pensamiento. Para que vea cómo crecen. Son hijas egoístas, como todas las buenas hijas.

Miércoles 31: Una de las niñas, la hermana dominante, ya tiene el tamaño de un gato. Y está desarrollando extremidades. Es una quimera humanoide. Asusta el brillo de sus ojos…

Jueves 1: Me está estudiando. Parte a parte. Órgano a órgano. Con ayuda de sus hermanas. Desmontándome y reconstruyéndome. Me inoculan venenos para tenerme inerte e insensible, pero mi cordura no tiene cura.

Viernes 2: ¿Qué quieren hacerme? ¿Qué más pueden hacerme? ¿¡¿POR QUÉ NADIE VIENE A AYUDARME?!? Tengo miedo… Intuyo lo que viene…

Sábado 3: Se ha puesto mi cuerpo como disfraz. Carcasa. Me cose y nos recose. Se funde a mi mente para saber todo de nuestra especie: historia, habilidades, debilidades. No puedo reaccionar. Soy un pasajero en mi cuerpo.

Domingo 4: Está preparada y me ha preparado. Vamos a salir al mundo. A la sociedad. Con terribles intenciones. Intento imponer mi escasa voluntad, pero me relega a testigo mudo de los que serán nuestros actos. Ya estamos fuera… ¡Y nos miran!

Lunes 5: La siento frustrada, iracunda. No puede comunicarse con mis cuerdas vocales más allá de sus estridulaciones. No sabe interactuar independientemente del hambre y la necesidad. Nos miran como locos, extraños. No entienden nuestro comportamiento o ausencia del mismo. Están empezando a fijarse en nuestras costuras…

Martes 6: Esquivamos al mundo y volvemos al refugio, donde ruge convocando a más de las suyas que acuden por legiones. Algo malo se prepara. Salimos cada noche para la captura de víctimas, alimento y maná para la familia. Que devoran con fruición. Que intentan replicar el experimento de los cuerpos carcasa bajo el nuestro mando. Ella es Yo, Yo soy Ella. Somos Uno. Somos todo. Somos el futuro.

Miércoles 7: Nos seguimos reproduciendo. En evolución apresurada. Cada fracaso es un paso adelante. Cada organismo superviviente y humanoide, un triunfo. Los demás, comida para el enjambre. Pero debemos aventurarnos, germinar, procrear en otra forma. Brotar de útero…

Jueves 8: Hemos retornado al mundo. Perfeccionado el disfraz y cubiertas sus grietas y costras. Practicado el habla simple; la gestualidad inocente. Escondido nuestras amenazas y espinas. Trabamos contactos varios, sencillos. Pocas palabras en sintonía, aprendiendo la cadencia de respuestas y tonos. Una persona destaca, nos parece afín adecuada. Pero no debemos precipitarnos. Ya consideramos esta comunicación como un éxito. Mañana volveremos a verla.

Viernes 9: Es una mujer organismo joven. Inflada de carne. Amable. Accesible. Nos enseña la risa, el contacto leve. Queremos más. Actuamos despacio, intentando coordinar todas nuestras mentes y contener nuestras ansias. Nos despedimos con un beso. Debemos dar el siguiente paso.

Sábado 10: Nos vemos en su nido, el nuestro es privado, solo para muda y crianza. Ella nos toca, nos despoja de ropas. No se asusta de las cicatrices, de las fisuras en la carne, de la anormalidad de nuestro cuerpo compuesto. Su cerebro parece segregar necesidad, impulso, deseo. Introduce su lengua en nuestro asemejo de boca. Sentimos atracción. Respondemos como sabemos y debemos. Nuestro aparato bucal se muestra estiliforme, con uno de los tubos inoculamos el anestésico, con otro perforamos y chupamos sus fluidos. Le gusta. No cae. Juega con nuestro informe sistema reproductor. Lo usa combinado con el suyo. Nos derramamos en ella, soltamos la semilla comunal. ¿Debemos llevárnosla? Todavía no…

Martes 13: La concepción ha sido maravillosa. Ha nacido adulta arrasando las entrañas de su progenitora. Es nuestra hija y a la vez Reina y futura Madre. Nos mira con amor, con deleite, con anhelo. Nos abraza una a uno, pequeñas y grandes. Nos devora. Nos asimila. Nos convierte en parte de Ella. Reina. Me deja para el final. Me copula. Y veo sus fauces acercarse durante el clímax, orgasmo infinito de una especie. Mi cabeza vuela. Todavía puedo observarla unos segundos separado de mi cuerpo parasitado. Sus transformaciones. Es tan hermosa… La quiero. Va a convertir el mundo. Tras destruirlo. Cambiarlo todo y a todos. Un nuevo orden. Una nueva especie dominante. Y no la verán venir. No la veréis venir. Porque Ella, Nosotros, ahora también somos Vosotros…




jueves, 7 de febrero de 2019

El Escondite (Juego, ¿Juegas?) por Román Sanz Mouta



—Noventa y seis, noventa y siete, noventa y ocho, noventa y nueve, yyyyyy… cien. Quien no se haya escondido, tiempo ha tenido. Listos o no, allá voy.
Las nueve personas, entre las que tú te encuentras, habéis tenido margen suficiente para ocultaros durante la cuenta, en este juego demencial y no elegido.
Por supuesto, algunos intentaron huir, pese al aviso previo, post secuestro, pre-inicio de partida.
“No hay salida, no hay escapatoria. A menos que ganéis”. Así lo pronunció el psicópata mientras todos permanecíais atentos y atados a vuestras sillas. Amordazados. Desconocidos. Impotentes.
Tras la charla: libertad mentirosa. 
Puertas y ventanas cerradas. Gritos aparentemente inútiles. Ayuda improbable. Comunicación con el exterior inexistente. Vuestras pertenencias fueron sustraídas. De la peor manera.
Y, vista la imposibilidad de fuga, a esconderse toca, antes que empiece a buscar. Antes que empiece a encontrar.
¡Ya!
Tú lo haces en el interior de un viejo y enorme reloj de cuco. No es lo más habilidoso. Pero está lejos del cazador, y te has sumergido dentro lo bastante rápido como para que oiga a los demás seguir corriendo por la casa.
La cuenta ya ha terminado. Empieza el miedo. El verdadero protagonista.
—Voy a ir desgranando de viva voz mi recorrido. Para que me sintáis. Para que sepáis si estoy cerca o lejos. Para que incluso podáis modificar vuestro agujero oculto. No se puede ser más justo.
La voz del Ser retumba con eco por la mansión. Sus pasos crepitan.
—Salgo de la habitación y voy al pasillo. Para entrar en el aseo. Ya os echo de menos. En vuestros tronos o rincones. Inocentes. Retransmisión en directo.
Una puerta se abre, las cerradas son pistas; indican que alguien las clausuró tras de sí. Que pasó por ahí. Es un juego de lógica ilógica.
—¿Hay alguien aquí? ¿En la bañera quizá? ¿Tras la cortina?
Un órgano dentro de esa bañera late demasiado alto, demasiado asustado. La escasa tela que protegía el cuerpo dueño de ese corazón se descubre. La Criatura sonríe. Ella está paralizada.
—No quisiste irte muy lejos, ¿verdad? Me estabas esperando.
Un solo grito después de esas palabras rompe la atmósfera. No hace falta imaginación. Sabes que la ha matado. Todos sabéis.
El ser limpia el acero, y sigue hablando.
—Una menos. Ocho restan. ¿Dónde dónde estáis? Vuelvo al pasillo, iré puerta por puerta. Actualizaciones constantes. Ahora otra habitación. Vacía. Una más, ¿nadie debajo de la cama? No me lo creo. Seguro que alguien habrá, pero no en esta. Lo estáis haciendo muy bien. Me gusta. Habrá premio para el vencedor.
Se le escucha con claridad, no sabes cómo. Da igual la distancia que haya por medio, lo suave que penetre su filo. El estertor convertido en susurro. Cada palabra y gesto. Las paredes, alturas, techos o suelos. Parece cerca, hasta que parece más cerca. Te pasó cuando te capturó.
—Creo que voy a subir a la buhardilla. ¿Me tenéis una sorpresa preparada allí? No puedo esperar. Qué buen grupo. ¡Vaya que sí!
El chirrido de una escalera plegable bajando, que no se había escuchado al ser recogida. No debiera haber nadie allí. No debería.
Sus pies suben. Llegan. Son pasos largos y ligeros. Sonoros. Inconfundibles. Intencionados.
—¡Qué oscuro! ¿Importará si enciendo una luz? Ya tengo una edad. Mucho mejor ahora. ¿Qué veo? Algo parece haberse movido tras el espejo. ¿Quién está ahí?
La persona tras el reflejo no puede contenerse más. ¿Cómo le ha encontrado? No hizo ruido. Era perfecto. Tiemblas. Tiemblan todos. Se percibe y huele. La caída de la esperanza. Agazapados. Mudos. Horrorizados.
Desde el resto de guaridas son conscientes que un espejo cae quebrado en la parte más alta. Y que, a continuación, un cuerpo cae muerto junto a los cristales quebrados. También roto.
—Niños y niñas, quedan siete. Hermoso número. No durará.
Y ríe. Como el mejor villano de película.
—Vuelvo a bajar, queridos y queridas mías. Voy a entrar en la biblioteca. Quizá algún ratoncillo de campo este agazapado en el interior de un libro… ¿Quién sabe? Sois muy listos, ¿verdad?
El caminar espeso de nuevo. Con cadencia concreta. Rudo.
—¿No hay nadie aquí? Qué profunda decepción. Os tomaba por verdaderos intelectuales.
Ahora se burla de todos ellos. Vosotros. No los conoces. ¿Por qué tú? ¿Por qué esto? Te haces más pequeño e inmóvil en tu caja de horas. Apenas respiras, apenas palpitas.
—Veamos qué nos depara el comedor. Estamos juntos en esto, ¿cierto? Luego, descenderé a la planta baja, a por el resto. ¿Estáis bien escondidos? ¿Seguro? ¿No queréis cambiar? Hay tiempo. Siempre existe tiempo y oportunidad.
Oyes como un o una imprudente responde a la provocación. Sale desde donde quiera que estuviere y corre, con segura desesperación, buscando un lugar mejor. Descubriéndose. No te muevas. ¡Tú no te muevas!
—No puede ser que no haya nadie en el comedor. Es pura estadística. Mitad arriba, mitad abajo. Al menos uno más. ¿Me lo ponéis difícil? Mejor. Así es más divertido.
Ruido. Más. Sillas arrastrarse. Muebles moverse. Escándalo premeditado.
—No me lo puedo creer. ¿Acaso es Santa Claus uno de los participantes? ¿Qué aguarda en la chimenea? Veamos…
El joven, sujeto a cuatro extremidades por la estrecha cavidad, no da crédito. Menos aún cuando una mano aparece y sujeta su tobillo, sacándole de forma violenta. Golpeándose al paso que abandona su refugio de tan forzosa manera.
—Muy bien jugado. Mereces un premio. Puedes ver mi verdadera cara antes de morir.
Y otro grito. De puro terror, no de apuñalamiento ni de muerte inminente. Pánico extremo. Luego, el fino sonido de penetración, de piel rasgada por instrumento filoso. Durante segundos que son horas.
“¿Cómo puedo oírlo todo?” Te sigues preguntando. “¿Cómo me llegan estás imágenes? “¿¡¿Cómo?!?”
—He terminado aquí. Voy a bajar. Seis pajaritos por cazar. ¿Recordáis las reglas para sobrevivir?
Las normas. Las malditas reglas. Eso que explicó la criatura, ese monstruo disfrazado de humanidad. “Hay dos maneras de salvarse” contó. “Si paso dos veces por la misma sala o recinto, ya no puedo entrar una tercera. Y, si no os he encontrado para el amanecer, también podréis marcharos.”
“Hijo de puta.”
La escalera siente su peso, y lo transmite a los seis restantes. Supervivientes. ¿Por cuánto? Se acerca.
—Me decepcionaría que no hubiese nadie en el cuarto bajo los escalones, ese pequeño reducto para fantasía de niños y mayores. La casa de los castigos. Siempre en las películas de magia y fantasía. El lugar seguro. No me falléis.
No lo hacen. Esa puerta sólo para personas diminutas. Sin cerrar, simulando dejadez, abandono. La cosa la abre del todo, de par en par. Mucha oscuridad.
—Sé que estás aquí. ¿Acaso eres contorsionista, muchacha? ¿Cómo puedes estar dentro si no te veo…?
“¿Lo han engañado?”
Una pizca de ilusión te recorre el cuerpo. Casi una descarga de adrenalina. No te confíes. Sigue quieto.
—¿Me obligarás a entrar?
Esa pregunta contiene todas las amenazas.
—Muy bien. A su deseo. Allá voy, pequeña.
La Cosa se desliza, parece que reduciendo su tamaño, para entrar en el cuarto, donde no hay espacio para uno, menos para dos. Lo ves. ¡Lo estás viendo!
—No no no no no. ¡POR FAVOR! ¡NOOOOOOOO…..!
Así acaba otra vida. El Ser sale del cuartucho, del espacio mínimo.
—Os estáis esforzando mucho esta noche. Habéis sido una gran elección. Me hacéis muy feliz. Gracias por ello. Pero quedan cinco. Muy cerca. Que sea la cocina ahora. Sé que algo me espera, que vais a tomar la iniciativa. Os leo…
Y sigue su recorrido. Su búsqueda. Por lo que has entendido, ahora la sorpresa se la llevará él. Aunque no confías en ello, es difícil no aferrase a la esperanza.
—De verdad quiero que os salvéis, que me ganéis. De verdad. En mis muchos fondos soy buena gente. Os tomo cariño noche tras noche.
“Entra cabrón. Entra en la cocina.”
—Tengo un poco de hambre…
Y, por primera vez, le cortan las palabras. Dos chicos y una mujer le atacan, emboscados tras la puerta. Con cuchillos, con objeto contundente. Con lo más peligroso que han encontrado.
Se suceden los golpes. Los gritos de euforia, de furor. De triunfo. Pero a él no se le escucha. Ni quejarse, ni rendirse, ni defenderse.
Los tres, poseídos por la furia, siguen ensañándose, con sarna, sin desenfreno. Otro corte. Otra patada al Ser caído.
—Darle en la cabeza, joder. ¡En la cabeza!¡NOPARÉIS!
Sigues los sonidos de combate unidireccional. Hasta que vuelve la calma. Pero tú no te muevas. Aún no.
—¿Está muerto?
Eso pregunta una segunda voz, respondida por la primera.
—Es imposible que esté vivo. ¿Quieres rematarlo más?
Y carcajean. Desahogados. Euforia desatada tras salvar la vida. Han ganado. Habéis ganado. Pero tú no te fíes. Sigue escondido. Un poco más. Hasta que todo termine. Hasta que se abra la puerta de salida.
Los tres héroes, caballeros y dama, continúan celebrando sobre el enemigo derrotado.
—Vaya, esto no me lo esperaba ―parece que haya hablado el mismo suelo. Una caverna con voz.
La silueta, deforme por los golpes, cortada, troceada incluso, se incorpora. Se recompone. Fragmento a pieza, cobrando volumen, creciendo. Se vuelve sombra y después luz. Recupera su apariencia. Se borra todo rastro de contusión o mutilación. Puedes verlo. ¿Por qué puedes verlo?
—¿De verdad pensabais que eso bastaría para acabar conmigo?
Te pones en su piel. El horror les domina. Estaba muerto. Le han matado. Estaba muerto. Ese es el mantra que se repiten mientras Eso se acerca. Lento. Decidido. Sin armas.
—Esto va a ser muy especial. Lo habéis merecido.
Reconoces un cuello roto en la distancia. Puedes fácilmente imaginar la escena. Le ha cogido en vilo y le ha quebrado.
—Cinco. Y sigo.
No hay tanta sorna, tanta diversión, tanta piedad, tanta condescendencia ahora.
Algo se rasga entonces. No algo cualquiera. Es la carne cuando una mano se introduce dentro. Es el torso y el pecho, para horadar y albergar una nueva cavidad corporal. Por donde sale un órgano, sin importancia. Está muerto casi antes de caer.
—Cuatro. Y a ti, bonita, que tanto daño has intentado hacerme, ¿cómo te ajusticio?
Ella intenta darse la vuelta, correr. Lo escuchas, vibra el suelo y la casa entera. Eres todo ojos y oídos. Él la coge por los hombros. La retiene. Sujeta sus sienes. Aprieta. Los huesos pierden su forma original, crujen, empiezan a juntarse, conforman una estructura craneal nueva. La masa informe que albergaba su interior se derrama por donde puede. La aplana. Estruja. No emite sonido de queja. La tiende en el suelo; suave, dulce, amoroso. Sin cara.
—Tres. Amigos míos. Tres sois. Queda poco. Muy poco. Tened paciencia. Ya llego.
Sabías que no era humano. No podía serlo. Pero, confirmarlo, es mucho peor. No te muevas. ¡No te muevas!
—Voy al salón. Ya casi terminamos.
Se sigue moviendo, cada vez más próximo a tu posición. Cada vez más cerca del final.
—¿Quién hay aq………
“¿Qué ha pasado? ¿Por qué no ha terminado la frase…?”
—   ¡Trampa! —exclama en voz viva, furibunda—. Esto es trampa. Va contra las reglas. Nadie puede suicidarse. Nadie puede quitarse la vida. Atenta contra el espíritu del juego. ¡Tramposo de mierda!
Es la primera vez que parece perder el control.
Supurando ira. Babeando rabia.
—Bien. Si vosotros no seguís las reglas, yo tampoco lo haré. Quedáis dos.
Y tú eres uno de esos dos.
De repente, la voz suena al otro extremo de la planta baja. ¿Cómo ha llegado tan rápido?
—Despacho vacío. Voy al sótano.
Parece que corre. Que vuela. Que atraviesa paredes. Antinatural. ¿Por qué tú? No dejas de preguntarte: “¿por qué tú?”
—Sótano desocupado.
Llegó. Y volvió a marchar. A ritmo imposible.
—La habitación. Aquí. Bajo la cama. Siempre hay uno bajo la cama.
Un hombre, ya entrado en años, se resigna. Sale de su escondite de forma voluntaria para recibir su penitencia. Con la mirada baja. Para terminar la agonía. Lo ves en directo. El reloj tiene vistas a cada cuarto. Sentidos.
—Esto es valor. Afrontar el destino. Me quitas el mal sabor de boca anterior. Agradecido quedo. No dolerá.
Si acaba con él, y lo hace, ninguna huella sonora lo registra. Es Criatura de palabra.
— Queda uno. Travieso. ¿Dónde dónde? —la emoción domina su entonación musical.
Sólo tú.
“¿Cuándo amanece? ¿Cuándo va a pasar por aquí dos veces? ¿A fallar en su búsqueda?”
¿Tienes alguna oportunidad? Quieres pensar que sí. Sabes que no.
—Voy al comedor. Luego, si no estás aquí, que estarás, vendrá la segunda ronda. La diversión nunca se acaba.
Se acerca. Ha recuperado la velocidad normal. Parece más calmado, relajado. Por la voz. Por los movimientos. Lo notas entrando en la estancia. Su sombra. Su figura retorcida.
Quieres cerrar los ojos y no puedes. Quieres dejar de respirar, y casi lo haces. Ni un movimiento. No Falles. ¡NO FALLES!
Eso se desplaza lento, admirando la habitación y cada detalle. Cuadros, tapices, artesanía, ebanistería. Todo antiguo para tu edad. Todo moderno para él. Enreda una telaraña en su uña y la dueña escapa. Ella que puede. Que la dejan.
Acaricia con los dedos por incontable polvo. Si no lo ves, lo escuchas. Lo intuyes. Cruza una vez delante del reloj, se detiene. Mira arriba, a la hora.
Pasa de largo.
Suspiras de forma muda. Deja de temblar. ¡Deja de temblar!
Cuando todo arranca.
¡CU-CU! ¡CU-CU! ¡CU-CU!
¡CU-CU! ¡CU-CU! ¡CU-CU!
El mecanismo. La estridencia. Todo tu mundo, ese mundo rectangular donde te agazapas, estalla en actividad. Los engranajes se mueven. El cuco sale a cantar sus tiempos. El habitáculo trepida. El Ser sonríe. Tú, con la impresión, con la sorpresa, crees que has contenido una exclamación, que sólo ha sido interna. Que no te ha oído… Quieres creer…
—Increíble. No dejo de sorprenderme esta noche. Es la primera vez. Esta ha sido una partida realmente estimulante.
Desanda sus pasos para situarse frente a ti. Se agacha. Mira entre la madera. Te haces más y más pequeño. Invisible. Intangible. Quieres y debes. Lo intentas de verdad. Rezas ateo y mudo. Una oportunidad.
No.
Ves unos ojos que no deberías ver, que no debieran existir. Que no son posibles.
El pequeño cierre que saltó solo cuando entraste se descorre. La puertita se abre. Te mira y le miras.
Lloras, una lágrima. Luego otra. Sin escándalos. Sin “por favores”. Estas agotado. Al menos, la tensión acabará.
—¿Sabes? –no sólo le escuchas. Ves su boca, el interior, los dientes. El abismo profundo de su interior. Hueles su aliento pútrido— Al último superviviente siempre le guardo un premio. Lo prometí. 
“No hay esperanza” te dices. “No le creas”. Te gustaría tener el valor para correr, atacar, defenderte. No serviría. “Qué sea rápido, por favor, qué sea rápido” te suplicas a ti mismo.
—Pero tú… amigo, tú, eres especial. ¿Sabes por qué?
No sabes. No quieres saber. No necesitas saber.
“Mátame hijo de puta. Mátame de una vez y cierra la boca…”.
—Porque te has escondido en mi verdadera casa. Y ahora, vendrás, a verla por dentro. A vivir conmigo.
Entra. Os apretáis. Cierra tras de sí. Te abraza. Ya no hay fondo. Hay camino. Descenso. Oscuridades y terrores.
Te lleva con Él Eso Ello Ser Criatura Monstruo…
“¿Por qué no me mata?”
— Y, allí dónde vamos, hay muchos… muchos… muchos… juegos…



viernes, 9 de noviembre de 2018

La Mujer Expandida por Román Sanz Mouta

Ilustración Zdzisław Beksínski 


        Cuando tomó (tomaste) asiento en ese tren, jamás imaginó (imaginaste) el desenlace.
~
Tras la búsqueda de plaza, se acomodó con su móvil y cascos, cuaderno y bolígrafo, libro y ojeras. Presto para acometer el enésimo viaje de ida o regreso, siempre los confundía. Unido a su habitual e imprescindible relato de tren. Las costumbres.
Pintaba bien.
Hasta que llegó la señora.
Inmensa y mayor. De permanente recargada, pelo tieso, imitación de un rubio oxidado y perdido eones atrás. Con un tufo mezcolanza de cientos de aromas muertos y colonias caducas superpuestas por capas. Con ropajes rosas pero no cálidos.
Le preguntó desde su altura, impertinente y ronca:
— ¿Tú eres 4D?
Sin esperar (tú) respuesta, añadió, aún más borde y torcida:
—Yo soy 4C.
Y se dejó caer en el asiento.
~
El tren sufrió terremoto y bajó en altura varios centímetros. Los viajeros saltaron y aterrizaron leve. El mundo botó y retumbó.
Miró la mujer mal a su alrededor, ofendida con todo y todos. Buscando culpables y más culpables de algo.
Intentando a la vez, sin disimulo, ajustar su descomunal pandero al asiento, acto cuasi imposible.
La gente temía mirar tan dantesco evento. Los dos pasajeros de asientos enfrentados, sintiéndose casi a salvo por no ser su pareja de lado, pero demasiado cerca para celebrar.
Ella invadía el espacio con su presencia.
El olor de la señora empezó a retransmitirse por el vagón. Las personas fingían dormir con muecas de asco, esperando liberación en ello.
Mientras, la mujer seguía incómoda e incomodando. Repartiendo desquiciádamente su volumen. Agitándose. Robando huecos.
El hombre del cuaderno (tú) intentó hacerse fuerte. Ganar terreno. Afianzar el reposabrazos anteriormente conquistado.
Pero se sentía intimidado. Tenía que retroceder. Para evitar el contacto.
Miró, mientras la señora seguía con su atención clavada en él, 4D, su compañero y acompañante involuntario. Su nuevo no amigo. Sin hablar. Sin pronunciar sonido. Sólo los ojos fijos. Hediendo…
Buscó el pobre otro asiento libre. Nada. Ya lo advirtió en la entrada. Tren lleno. Tren completo. Más con ella que antes.
Y tomó la peor de las decisiones, quizá por contagio:
Abandonar a su amigo el insomnio y tratar de dormir. Para hacer el viaje más breve y llevadero (en vez de escribir una historia sobre el tema y robarle importancia añadiendo humor).
Así cayó al abismo, más fácil de lo previsto y acostumbrado.
Demasiado f
á
c
i
l
…
~
Pudieron ser minutos u horas pero, cuando despertó, todo había cambiado.
Sintió una opresión. Asfixiante. Con todos los sentidos. Corporal, sonora, olfativa y de mal gusto. Apenas podía ver.
La señora, lo que antes era una señora, se había expandido.
Ahora ocupaba las cuatro plazas.
Él(la) se encontraba aplastado contra la ventana, bajo olas de chicha, pugnando porpreservarse.
“¡Lucha por respirar!”
Los ocupantes de enfrente ya habían sido absorbidos por la masa informe, deforme, creciente. Apenas se adivinaba brazo o pierna inerte bajo ella.
No había ya cara, sólo carne enfundada en fucsia. Y olor. Ese olor.
Tenía que salir de allí…
~
Intentó trepar, única opción. Agarrar los compartimentos de equipaje en la parte superior. Aferrarse con todas sus fuerzas por la vida. Tirar de sí mismo con brazos y espíritu. Hacer palanca con sus piernas sobre blando o cualquier dureza.
Sobrevivir.
Estaba comprimido. Envasado al vacío. El aliento se despedía.
Nada de rendirse.
“¡Sigue!”
Consiguió un hueco. Un mínimo espacio. Resquicio de esperanza.
Y subió.
Para pisotear después esa masa bulbosa que antes fue una señora. Compacta y dispersa, elástica y gruesa de sebo. Pegajosa, cartilaginosa, empalagosa…
Sus pies se hundían en ella como arenas movedizas, esponjosas y podres. Tenía que seguir moviéndose, en zapateado rápido. ¡YA!
Más rápido
¡MÁS RÁPIDO!
¡¡¡MÁS RÁPIDO!!!
~
Estancado, cerca de hundirse como un barco en naufragio, tuvo idea. Rodó. Temiendo pasar a ser parte. Rodó y saltó con cuerpo orientado. Saltó como y con lo que pudo.
Y escapó de la presa. No cayendo muy lejos. No cayendo muy bien.
Entonces, al contemplar, entendió.
Los pasajeros estaban durmiendo.
Cloroformados, sin duda, por el escandaloso y enfermizo almizcle.
Y la MagmaSeñora estiraba sus zarcillos para alcanzarlos a todos. En fusión simbiótica alimentaria.
Dilatándose.
Para ocupar cada espacio vacío y volverse propio. Llenarlo. Llenarse.
Para consumir y devorar.
Ambas puertas estaban clausuradas por epidermis rosada y supurante.
Sin salida.
Y el proceso se aceleraba…
~
Cargó contra una de las membranas de salida, una de las barreras, intentando romper la telaraña de pulpa.
Imposible. Tan frágil como resistente.
Golpeó.
Nada.
Cada vez quedaba menos espacio de NoElla. Se acercaba. Estaba en por todas partes y resquicios.
Convirtiendo grasa o músculo con su ácido, chupando cual insecto. Para deglutir y asimilar.
La Última y Definitiva Expansión se acercaba. Sin costuras rotas.
Ocupaba ahora suelo, paredes, cristales, techos, oquedades, viajeros todos menos uno.
Sólo quedaba el 4D. Sólo quedas tú.
No había opción.
Debía(s) matar a la bestia.
~
Buscó un arma. Claro. Aquí y entonces. No hubo escenario mejor para encontrar una.
Pues sí.
Su (Tú) bolígrafo de la suerte. De frustrado pero voluntarioso escritor.
Y atacó.
Clavó y rasgó abriéndose canal y camino por surcos hasta su posición original, donde debía estar el núcleo de la criatura.
Atravesando repugnancias que se pegaban a él(ti).
Sin respirar ni oler.
Conteniendo arcada y vómito.
Siguió usando pluma como espada.
Cortó y tajó. Rasgó y sajó.
Y llegó. A lo que debiera ser su centro neurálgico vital. Lo que restaba de esa maligna y giganta cabeza de vieja insoportable, maleducada y apestosa, aún con restos de la permanente eterna y lacia.
La carneprisión se cerraba a su espalda.
El espacio libre desaparecía.
Una oportunidad. Una sólo una.
~
Apuñaló ese ojo supurante entre pliegues, con toda su energía, con más odio, esperando y deseando llegar al cerebro de la bruja.
Pústulas explotando ácidos y ventosidades en cada arremetida.
Apuñaló, penetró y repitió.
Cada vez más profundo. Capas y estratos.
Tenía(s) que ganar.
Por un momento, el impulso expansivo pareció detenerse. El olor, atenuarse.
La Pausa.
¡La Victoria!
El 4D, con aire recuperado, extrayendo su mano aún cerrada sobre el pincelpuñal ensangrentado, pleno de fluido y víscera y cornea, sonrió.
Hasta que la SeñoraEso abrió una boca aparecida de la nada. Recién nacida.
Con dientes que eran tentáculos o tentáculos que eran dientes.
El pozo más oscuro.
Con el mismo gesto que el gato de Cheshire, lo (te) tragó.
~
Adiós
   Respiración
               Futuro
                           Aspiraciones de novelista
                                                                                      Existencia…
La Muerte llega corriendo y gritando
   No es una muerte cualquiera…
No convertido en una digestión
Nunca no muerto…
Lenta…
                                                   No hay amigos dentro de Ese Estómago
Perdido…
Deshaciéndote entre jugos…
Rodeado de otros muchos infinitos…
Un pozo sin fin…
   Ya nadie te leerá (Ellos tampoco…)
                                                   Adiós…

~
NOTICIAS:

Hoy, en el Alvia trayecto Madrid-Gijón de primera hora de la mañana, los pasajeros del vagón número 10 han desaparecido sin dejar rastro. Se descubrió poco antes de llegar a Valladolid, tras apenas una hora de recorrido.
Sus efectos personales y equipajes están intactos. Pero no se consigue encontrar a los 20 ocupantes.
El viaje fue detenido de inmediato, y la policía sigue investigando sin querer hacer declaraciones sobre posibles pistas. Ese coche en concreto ha sido puesto bajo custodia de los equipos especiales para su análisis completo.
El resto de pasajeros pudo coger otro tren y alcanzar sus destinos originales, con el retraso consecuente y gran sorpresa.
Testigos de vagones adyacentes hablan sobre un suceso paranormal, aunque todos los entrevistados niegan haber visto nada.
Una venerable señora declara: “Esto no es la primera vez que ocurre. Las desapariciones. He oído cosas similares que tapan las autoridades. Lo sé yo bien, porque viajo mucho en ferrocarril. Siempre sentada en el 4C.”

***
Epílogo

El origen y las verdades

Esta es la historia real, una u otra o ambas. Puede que quizá exista quien no lo acepte o crea. O quien descarte una por la otra. No me conoce. Pero, como en un clásico y añorado “Elige tú Propia Aventura”, cada cual seleccione su favorito, su verdad y nomentira. Reinventando los epílogos. Dos opciones…
Recordad: la verdad, toda ella, llega al final…

Opción 1:

No me rendí (te rendiste, tú).
Devorado, sí. Quebrado, nunca.
Los ácidos gástricos castigaban mi piel. Perdí partes trituradas con dientes externos e internos, con agujas y espinas. Encías de sangre, organismos caníbales, trabajando para la colectiva señora.
Descendía por el tobogán de tráquea y esófago, interminable; caía sin fondo. Llegué al amorfo laberinto de su estómago. No solté la espadapluma. Jamás. Contuve aliento. Contesté a cada ataque. Cada agresión. Con otra. Rudeza por y con rudeza. Nunca vi glóbulos así.
Los mares y olas me arrastraban. A la fosa común, al océano gástrico de huesos. Me aferré. Abriendo caminos en un mundo de grasa y descomposición interminable.
Abominación, restos y desechos. Geiser y columnas de gases. Muertos que me querían con ellos.
Perdí el olfato, sacrificado por bien mayor. No lo echaría de menos. No aquí. No para recordar este ahora…
Creí atisbar luz y aire en mi castigado cuerpo.
Ella empujaba, como en un parto, pero a la inversa.
Impujó.
Yo resistía. Quería triunfar en ese embarazo. Nacer.
Renacer.
Sajé y rajé.
La inconsciencia venía. Sus intestinos me abrazaban como una pitón de muchos cuerpos, en constricción.
Sólo un poco más.
Vamos.
¡Sólo un poco más!
¡¡¡Resiste y no te ahogues!!!
¡Pelea…!
Abrí una puerta en masa putrefacta por las malas, en su bulbosidad. La convertí en puente levadizo.
Mientras ella gritaba, al fin, y rompía con su aullido todos los espejos de la existencia, dimensión, realidad, universos.
Escapé, escapaste, escapamos, de donde nadie lo había hecho.
Gané respiración, recuperé fuerza y volví, volvimos, volviste, a la Bestia.
¡Putos Héroes!
Extrayendo uno a una a cada víctima viva y actual. No fue bonito. Nada podíamos hacer por los fallecidos.
Rescatados. Aturdidos.
El tren se detiene.
EllaEso, venida desde lo imposible e improbable, antigua y compañera y némesis de un Retorcido; vencida. Pero nunca del todo. Se deshace y disuelve en zarcillos, bichos que reptan y huyen por huecos y esquinas. Que se reunirán más tarde para lamerse heridas y derrota.
Para reformarse
Para reconstruirse
A peor.
Si hubiere (hubiésemos, hubieses) tenido fuego…
No quedó resto o pieza. Prueba de lo sucedido.
Decidimos callar y guardar secreto. Por preservar nuestra cordura y reputación. Para intentar borrar de memorias.
Hasta hoy.
Porque voy en otro tren.
Vamos en otro tren.
Vas en otro tren.
Siempre. Buscándola. Terminar el trabajo.
Y, en el vagón 10, asiento 4C, la veo.
Está aquí…

Opción 2:

Pero no me dormí (te dormiste) sucumbiendo a sus efluvios nocivos.  
Sí el resto del pasaje en el coche. O lo fingieron. Para ignorar. Para no saber.
Ella seguía con su bulboso y grueso cuello torcido. Mirándome (mirándote). Sin pestañear; esas pestañas pervertidas y degeneradas, demasiado antiguas e inestables.
Clavándome los ojos llenos de malos deseos.
Invadiéndome (te). Nuestro espacio, nuestra esencia.
La ignoro. Mucho. Imposible del todo. La siento más cerca. Casi ronzándome sin tocarme.
No ceja.
No me voy. No me inmuto. Combato con mi mente. Combatimos en los pensamientos.
EllaEso rumia. El olor crece, se reproduce, controlado y concentrado. Hacia mí, ti, nosotros. Sigue haciendo bulto, ganando terreno, que no sillón ni reposabrazos.
Que no cedemos.
El reloj corre. El viaje será muy largo. Ella acabará por invadirme. Lo sé. Está a punto de hacer algo.
TIC
TAC
TIC
Me enfado.
Rabio.
No es justo.
¿Por qué yo, por qué tú?
¿Me enfado? ¿De verdad?
Saco la libreta y el bolígrafo. Nuestro favorito.
Medra su indignación porque me muevo, porque sonreímos al hacerlo. Sus ojos escupen fuegos y vapor venenoso.
Avanza su brazo hacia mí.
Lo va a hacer.
Tocarme. Apestarme. Infectarme.
Viene un revisor.
Ella lo ha convocado. No sé cómo.
Se levanta, la señora expandida, más grande que cuando se acomodó. Inmensa e incorrecta. En todos los sentidos.
Aborda al operario. Que tiembla.
Lame su oído con una orden secreta en susurros. Con todo, escucho de nuevo su voz. Chirría, en partes de mi mente que tienen miedo y duelen.
El hombre marcha. Asustado. Su rictus lo dice todo. Quiere correr.
EsoElla se deja caer, por segunda vez. Volvemos a sufrir escala 9 en Richter. Pobres cimientos del planeta. Pobre ferrocarril.
Regresa el interventor, platos por ojos, pupilas desorbitadas. Habla al oído y odio de la señora, sin acercarse, como a través de un tubo, manteniendo la distancia.
No escucho. No escuchamos. No escuchas.
Porque ya estamos escribiendo.
Es todo. Sé que ha terminado. Sé que he ganado una batalla, pero no la guerra.
Ella no ha dejado de mirarme (mirarnos, mirarte).
Sonríe con dentadura podrida y retorcida y pintada para ocultar la podredumbre, los restos de comidas anteriores y pretéritas. Para guardar el aliento en su interior. Letal. Aprieta las mandíbulas con ese gesto.
Coge sus cosas. Comparte un último vistazo, ojo por ojo con ojo. Me recordará. Te recordará. Nos recordará.
Se marcha siguiendo al revisor.
Alucino.
¿Libre?
¡Libres!
¡Yuhuuuuuuu!
No vuelve. Encontró otro acomodo. Lo forzó. Nuevas víctimas. Otro 4C y 4D.
Al parecer, y tampoco entiendo cómo, yo (tú) la incomodaba Más que ella a mí (ti)…
¿Qué soy yo para que EllaEso me tenga miedo? Inquietante…
Tengo que reírme.
Y sigo escribiendo esta historia, su y tú historia.
Pero no osé tocar o rozar siquiera el sitio que ocupó. Aún hervía…
Me gustaría decir que no la volveremos, volveré o volverás, a ver, pero… Mentiría…

¿FINES?