lunes, 13 de junio de 2016

Entrevista a Leandro Pinto





Conocido como “El Disparaletras”, Leandro Pinto es un escritor argentino que desde hace un tiempo vive afincado en Gran Canaria y, si queréis seguir leyendo su biografía, buscadlo en su blog: El Disparaletras.
Ahora, empecemos...

Bienvenido y gracias por aceptar esta entrevista para Castle Rock Asylum, espero que tu estancia aquí sea todo menos agradable…

Primero, para aquellos que no estén familiarizados contigo y con tu literatura, preséntate según tus reglas, con los adjetivos que creas necesario y con total libertad.

Mi literatura y yo somos casi una misma cosa, así que no hay mejor forma de conocerme que acercándose a ella. Me gustan los rincones umbríos, las sombras espesas, los gritos en la oscuridad y los aleteos ansiosos y crepitantes de las mentes enfermas, así que todo aquello que pulula y se arrastra en estos parajes bien puedes encontrarlo entre mis páginas y, por tanto, también puede formar parte de mí. La vida a través de las palabras; el lado oscuro de la existencia a través de la escritura.

Y ahora, empezamos con la locura…

Ya has dejado claro en otras entrevistas que escribes porque necesitas escribir, es una necesidad “primitiva”. Pero, ¿qué sientes cuando pones punto y final a una obra?

Siempre tiendo a decir que no hay emoción más incontenible y genuina que la de comenzar una obra, pero es cierto que hay una que la supera: la que surge al terminarla. El problema es que el final de una novela no se produce, según mi método de trabajo, en un momento concreto. Hay un punto y final, es verdad, pero en ese momento también convive conmigo la certeza de que aún queda muchísimo trabajo por delante: posibles reescrituras del manuscrito, reestructuraciones más o menos profusas e innumerables procesos de corrección. En realidad, y a efectos prácticos, una obra nunca se termina; simplemente, y cuando ya no das más de ti mismo, acabas por abandonarla, dejándola lo mejor que buenamente puedes. Pero en la mayoría de los casos se mezclan dos sensaciones ambiguas: el vacío por abandonar un territorio donde has transcurrido mucho tiempo, por un lado, y las ansias por encontrar un nuevo destino, por otro.

Destacas que un buen “embrión de historia” puede aparecer en cualquier momento, siendo la imaginación el arma más eficaz para convertir una anécdota banal en un argumento complejo, ¿cuáles son o han sido, sin embargo, los embriones de historias más sorprendentes, que quizá te hayan dejado boquiabierto incluso a ti respecto a qué te inspiró y su resultado final?

Hay anécdotas más o menos reseñables tras la génesis de cada relato o novela que he escrito, pero creo que la más destacada tiene que ver con la experiencia de encontrar un sosia. Creo que este es uno de los temores más antiguos y primitivos del ser humano; esta idea de una duplicidad espontánea, de la posibilidad demencial y desquiciante de que nuestro doble está por ahí, en algún lugar. La literatura lo ha reflejado en multitud de obras, muchas de ellas auténticas piezas maestras (El hombre duplicado, de José Saramago, por ejemplo, o el clásico por antonomasia: “William Wilson”, el incomparable relato de Edgar Allan Poe). Esa fue, creo, la experiencia más fuerte en la que pude inspirarme a la hora de conseguir el embrión para una historia: la vislumbre fugaz, tan efímera como un suspiro, de lo que me pareció que era mi doble exacto. Esto inspiró un relato llamado “El otro”, que resultó una de las experiencias de escritura más plenas que he tenido. El relato, he de aclararlo, aún no ha sido publicado.

Admites también en algunas entrevistas que los sueños te han dado material en el que inspirarte, ¿las pesadillas están incluidas? ¿Cuál es tu mayor miedo, sea onírico o real?

Cuando uno piensa en los miedos que aquejan su vida siempre tiende a dotar a esas conjeturas de un aire ficticio, digamos cercano a las realidades ilusorias con las que trabaja día a día. En realidad, esos miedos también son ilusorios, y nada tienen que ver con los auténticos terrores que aquejan la vida diaria de cada uno (ya sabes, esos miedos que uno ni siquiera quiere nombrar: accidentes, muertes de seres queridos, enfermedades terminales, etcétera). Bajo estas condiciones, y dejando de lado estos picos inalcanzables de pavor, se podría elaborar un muy nutrido catálogo de miedos ficticios que mencionar en entrevistas o conversaciones distendidas. Entre ellos ­(y es uno que ha poblado, respondiendo a tu pregunta, muchas de mis aventuras del subconsciente) se encuentra ese miedo atávico a la soledad más descarnada, a esa posibilidad, explotada también en multitud de novelas, relatos y películas, de encontrarse absolutamente solo en el mundo. Y no hablo, desde luego, del archiconocido “último superviviente” de un cataclismo nuclear, sino de ese ser que se queda solo en el mundo y que (y he aquí lo más terrorífico) no conoce el motivo de su soledad. Otro de esos miedos ilusorios que resulta más frecuente entre mis pesadillas es el de descubrir que alguna persona muy cercana en realidad lleva muerta muchos años, y que de alguna manera solo nosotros tenemos acceso a su persona. El descubrimiento de este secreto pavoroso me ha hecho despertar cubierto de sudor un par de veces.

¿Hay algún aspecto acerca de las grandes editoriales en España que te desagrade, como por ejemplo, que un libro de una “celebridad de la prensa rosa” (por decirlo así) sea más publicitado y comprado que un libro de una celebridad de la literatura?

Si te soy sincero, no suelo rasgarme las vestiduras por el éxito que estos personajillos consiguen a través de sus libros. Lamentarme por ello sería admitir que lo que realmente me importa de este oficio es la recompensa pecuniaria, y nada más lejos de la realidad. Lo que más me gusta de escribir es escribir, ya lo he dicho muchas veces. La publicación, la promoción y todo lo demás son elementos accesorios, periféricos, a los que uno dedica cierta cantidad de energía por el mero interés de que sus obras lleguen a la gente. El éxito que puedan tener estos autores (permite que los llame así, para no salirme de lo políticamente correcto) no me afecta de ninguna manera, y no me impide (y esto es lo más importante) escribir lo que me dé la gana. Por supuesto que soy consciente de que este tipo de fenómenos no hacen sino acrecentar el malestar de la cultura, pero esto lo viene diciendo Ortega y Gasset desde 1925, así que no es nada nuevo. ¿Que si me parece ruin y mezquina la actitud de estas grandes editoriales? Desde luego, pero no hay el menor factor de decepción, ya que no hubo antes ni una pizca de expectativa respecto a su actitud hacia la salud de la cultura general. Son empresas multinacionales, apéndices y extremidades de un sistema mercantilista ridículo, diría que grotesco bajo ciertos prismas; en consecuencia, sus estrategias editoriales se ajustan a las exigencias de ese sistema. Pero la respuesta es que no: no existe ningún aspecto de las grandes editoriales de España que me desagrade, mayormente porque sus estrategias comerciales y casi el 90% de sus catálogos me son del todo indiferentes.

Hay dos preguntas respecto a tu blog, El Disparaletras, que deseo hacerte: ¿de dónde proviene ese apodo (a quién se le ocurrió, cuándo…)? ¿Y por qué el uso de la segunda persona del singular para dirigirte a tus lectores (alguien te lo aconsejó, te gustó…)?

Lo de “Disparaletras” me lo soltó un amigo una vez, en la época (no muy lejana) en la que redactaba mis manuscritos a máquina de escribir, cosa que acerca más la acción de “disparar” caracteres sobre un papel que a través de un procesador de textos. Me gustó aquello; era, y sigue siendo, la actividad a la que más me dedico durante el día, y el verbo se había hecho estilo de vida. Así que nos pareció un nombre pintoresco y pegadizo para el blog, el día que lo abrimos. Parece que gustó bastante, y ahí se quedó. En cuanto a la segunda persona del singular, me gustó adoptarla porque sentí que de esta manera los textos que colgaba en el blog se hacían un poco más cercanos al lector, como si estuviéramos hablando solo él/ella y yo, en algo parecido a una confidencia.

Si ahora mismo algún demonio te obligara a vivir en alguna de tus obras, ¿cuál te parece la mejor opción y cuál la peor para experimentarla contigo como protagonista?

Casi ninguno de mis personajes (al menos los principales) lo pasa demasiado bien en mis novelas. Créeme. He hecho un ligero repaso mental ahora, mientras intento responderte. Algunos secundarios tienen, eso sí, sus buenos momentos, aunque no muchos. Tomás Hornos, el protagonista de Remanso de paz, siempre ha sido, en todo caso, una de mis debilidades. Hay algunos aspectos de su existencia que sí los quisiera para mi propia vida, como el aislamiento y la posibilidad de una entrega casi exclusiva a la tarea literaria; lo del aplanamiento afectivo y la crueldad innata de su espíritu no me va tanto, desde luego, pero intentaría darle unos retoques a su vida para convertirla en lo que bien podía haber sido: un auténtico paraíso. En cuanto a la peor experiencia, estoy dudando entre dos: las peripecias de Javier Schultz, el protagonista de Veneno de escorpión, o la infausta desventura de Tito Balbuena, el prota de un relato llamado “Sin anestesia”, incluido en mi colección Un puñado de sombras.

¿Cuáles son esas canciones que te inspiran o te llevan a desear disparar letras como un enajenado mental?

Últimamente he vuelto a caer en la fiebre de la música clásica, que desde hace años vengo escuchando y conociendo profusamente. Como sabrás, en este tipo de música no hay “canciones”, sino más bien “piezas”, “obras” o “movimientos”. Cualquier obra de mis músicos clásicos favoritos me vale para escribir y me inspira: Beethoven, Mozart, Vivaldi, Schubert, Haydn, Brahms o, mi favorito de siempre, Johann Sebastian Bach. Sinfonías, conciertos, sonatas, motetes, óperas, lieder, conjuntos de cuerda… Lo que sea. El repertorio de música clásica es tan vasto que creo que podría escribir toda la vida con esta ambientación musical sin repetir pieza. Pero está claro que tengo mis favoritas: las “Danzas húngaras” de Brahms; los conciertos para piano de Mozart; las sinfonías de Beethoven y Schubert; la música sacra de Bach o sus “Conciertos de Brandeburgo”. Mucho. De todo.

Finalmente, gracias por haber respondido a estas abominaciones y espero que desees volver pronto -porque lo harás-. Te dejo unas cuantas líneas para que te despidas con algún detalle poco conocido sobre ti, una canción, una cita, un epitafio...

No creáis, por favor, que tras un relato macabro, una novela de horror o una narración oscura solo se esconde la ponzoña de dudoso gusto, el chapoteo en la sangre deleznable o la estulticia del pavor gratuito. Los fantasmas existen: somos nosotros mismos. El Mal, bien tratado y procesado, puede alcanzar las cotas más altas de belleza. Y, como dicen que dijo Sócrates: la belleza es difícil.




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